De un antiguo establecimiento escolar incendiado y convertido después en vertedero ilegal, a una reserva urbana natural comunitaria. El Parque Escuela Cerro Larraín, de Valparaíso es el resultado de más de una década de trabajo sostenido para recuperar un territorio y, junto con él, reconstruir los vínculos entre naturaleza, comunidad y aprendizaje. Hoy, con el financiamiento de Puntos de Cultura, ese proceso entra en una nueva etapa.
Hay lugares que parecen haber quedado fuera de la ciudad, aunque estén en medio de ella. Durante años, el terreno donde hoy se encuentra el Parque Escuela Cerro Larraín fue uno de esos espacios.
Antes hubo allí una escuela. El establecimiento fue incendiado en 1975 y, con el paso del tiempo, el sitio terminó convertido en un vertedero ilegal. Lo que alguna vez había sido pensado como un lugar para aprender y encontrarse quedó asociado al abandono, a los residuos y a una relación cada vez más distante entre el territorio y quienes lo habitaban.
La historia del Parque comienza precisamente cuando algunas personas deciden mirar ese lugar de otra manera.
Desde 2013, la Organización Comunitaria META, junto a habitantes y colaboradores del sector, impulsó un proceso de recuperación socioambiental que no partía de un paisaje ideal, sino de un terreno degradado. La tarea no consistía simplemente en limpiar y plantar; había que volver a darle sentido al lugar, comprender sus condiciones, recuperar sus suelos, reconocer la vegetación que comenzaba a brotar y, sobre todo, reconstruir el lazo entre la comunidad y ese espacio.
En 2014 comenzó a tomar forma lo que hoy conocemos como Parque Escuela Cerro Larraín: aproximadamente 1,2 hectáreas que, paso a paso, dejaron atrás la condición de basural.

Una transformación tejida a pulso
La transformación no ocurrió de golpe. Se hizo lentamente mediante jornadas de trabajo, conversaciones y aprendizajes colectivos. Aparecieron una huerta, espacios de compostaje, senderos y lugares de encuentro. La vegetación recuperó su presencia y con ella llegaron distintas formas de vida. El agua de vertiente, los árboles, las plantas y la fauna dejaron de ser elementos aislados para formar parte de una lectura más amplia del territorio.
También cambió la manera de mirar el entorno. Un árbol dejó de ser solo algo que conservar para convertirse en una oportunidad de aprendizaje sobre poda y manejo. Una ladera pasó a ser un espacio para comprender la erosión y la restauración. Los residuos vegetales se transformaron en abono y la huerta en una sala de clases sin paredes.
En ese sentido, el nombre Parque Escuela no es una metáfora. Funciona como una escuela porque allí se aprende haciendo: trabajando con la tierra, reconociendo especies, preparando almácigos y comprendiendo que la recuperación de un ecosistema urbano exige tiempo y atención. Pero el aprendizaje más valioso ocurre a través del encuentro entre vecinos, niños, educadores, artistas y organizaciones.
Ese carácter comunitario ha sido el motor del proceso. Tras hitos administrativos clave como el comodato inicial en 2016 y la renovación en 2023 por 15 años, se consolidó una voluntad colectiva indispensable para cuidar y hacer crecer el espacio.

Conectar con la tierra y con los otros
Para quienes participan activamente, esta experiencia marca una diferencia profunda en su día a día. Cristóbal Arcos, vecino que ha participado en labores de poda y trabajo en la huerta, destaca la importancia de estos espacios de conexión:
«Ya van dos ocasiones que participo acá en el Parque Escuela. Me encuentro que estas son instancias súper necesarias para ser partícipe de una comunidad, para aprender y para conectar con la naturaleza. Cada vez nos aislamos más y eso no es la forma en la que debiéramos vivir. Lo que destaco harto es el ambiente, súper agradable, y la gente muy buena onda. Generándose un ambiente así, sería bacán que participe mucha más gente».
Hoy el Parque Escuela entra en una nueva etapa gracias al financiamiento obtenido a través de Puntos de Cultura 2026, del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Este apoyo permite fortalecer un proceso en marcha y ampliar las posibilidades de formación y participación comunitaria mediante una programación que cruza educación ambiental, arte y naturaleza.
En una de las jornadas recientes, por ejemplo, la preparación de la huerta primavera-verano fue guiada por la agrónoma Margaret Salinas. En otra, la artista sonora y visual Bárbara González Barrera condujo la experiencia Arte en la Tierra, abriendo un espacio para crear y reflexionar a partir del paisaje.

El semillero del futuro: educación y niñez
El vínculo con las nuevas generaciones también es fundamental. Las experiencias con niñas y niños transforman la naturaleza en una vivencia corporal: caminar, tocar, observar y jugar. Un ejemplo de ello ha sido el trabajo junto a la Brigada de Medioambiente de la Escuela República de Uruguay de Valparaíso.

Su coordinadora y profesora encargada, Tatiana Guachfuentes, valora profundamente el impacto de estas alianzas pedagógicas:
«Para nosotros ha sido una experiencia maravillosa y sumamente enriquecedora participar en actividades junto a la organización META. A través de talleres prácticos de percepción sensorial, regulación emocional y reutilización textil, nuestros estudiantes han podido conectar de manera profunda con la naturaleza, desarrollar conciencia ambiental y fortalecer el trabajo en equipo al aire libre. Estamos profundamente agradecidos de estos espacios que potencian la educación ambiental de nuestra comunidad escolar».
Son actividades diversas, pero responden a una misma convicción: el Parque Escuela Cerro Larraín não busca solo conservar un fragmento de naturaleza en la ciudad, sino demostrar que un espacio recuperado puede ser infraestructura verde, escenario cultural y un punto de encuentro donde cuidar un árbol es también una forma de educación.
Después de más de una década, la pregunta ya no es cómo convertir un antiguo vertedero en un parque, sino cómo mantener vivo un lugar construido colectivamente para que cada nueva generación lo reconozca como propio.
El financiamiento de Puntos de Cultura abre exactamente esa puerta: seguir haciendo del parque una escuela, y de la escuela un espacio abierto al mundo. Porque recuperar un territorio no consiste solo en retirar lo que lo dañaba; significa volver a habitarlo, volver a mirarlo y aprender, codo a codo, a cuidarlo juntos.

