Artículo anterior

Ursula K. Le Guin, la ciencia ficción y el guion que la ultraderecha repite en el Sur

Tenía dieciséis años y encontré Los desposeídos en una feria de libros usados, con el lomo gastado y el precio escrito a lápiz. No sabía todavía que ese libro me iba a perseguir cada vez que un gobierno anunciara, con la boca llena de la palabra «orden», que iba a levantar un muro.

Ursula K. Le Guin escribía una advertencia. En ese tiempo, me pareció que hablaba de la dictadura que acababa de abandonarnos y que había una hermosa complicidad al sentirnos comprendidos por su texto. Ingenuamente, como suele ocurrir, pensé que el mundo, que nuestro país, había aprendido la lección. Que ya no nos pasaría lo que ocurría en ese otro planeta.

«La fuerza se convertía en derecho; en poder, y la herramienta del poder era la violencia» 

los Desposeídos, Ursula K. Le Guin

Ocho años después de la muerte de la autora, Sudamérica volvió a poner en escena su literatura. Solo que ahora no hay traductor que ficcione la crudeza de la realidad: pasa en Chile, pasa en Argentina, en el sur que Le Guin nunca visitó pero que parece haber leído en sus sueños de anarquista.

EL MURO DE URRAS

En diciembre pasado, Chile eligió al presidente más derechista desde el fin de la dictadura. Traducido a su versión más burocrática, su programa ofrecía: fortalecer la frontera norte, tipificar como delito la migración irregular, deportaciones masivas, nuevas cárceles, un «Plan Implacable» contra el crimen organizado.

Los desposeídos abre con un muro. No es alto ni imponente: es bajo, viejo, cubierto de musgo. Cualquiera podría saltárselo. Pero funciona, escribe Le Guin, porque los dos lados se pusieron de acuerdo en creer que uno es el mundo y el otro la cárcel —o al revés, depende de dónde naciste.

«Había un muro… A lo largo de siete generaciones no había habido en el mundo nada más importante que aquel muro»

los Desposeídos, Ursula K. Le Guin

El muro de Le Guin era filosófico. El que promete la nueva derecha quiere ser de cemento, aunque de momento se presenta como una fantasía irrealizable o una promesa grandilocuente de campaña, más que un proyecto realizable; sin embargo, la idea del muro prevalece. Ambos muros cumplen la misma función: deciden, antes de que nadie pregunte nada, quién pertenece y quién sobra.

Ursula K. Le Guin

LA SELVA QUE TALAN LOS QUE HABLAN DE PROGRESO

El nombre del mundo es Bosque. Cuenta la historia de colonos que llegan a un planeta cubierto de árboles y ven, donde había un ecosistema y un pueblo, una lista de recursos. Talan. Extraen. Le llaman a eso desarrollo.

«Un hombre con sentido de la realidad es aquel que conoce el mundo y que también conoce sus propios sueños. Ustedes no son sanos: no hay entre ustedes un solo hombre que sepa soñar».

El nuevo ciclo de derechas en la región no inventó el extractivismo: lo heredó. Pero le sacó el disfraz técnico y lo dice con orgullo: «destrabar la inversión», donde antes se decía «proteger el territorio». Hoy los bosques siguen ardiendo convenientemente, favoreciendo la explotación de recursos en zonas estratégicas.

LO QUE YA NO SE PUEDE CONTAR

En The Telling, Le Guin imagina un gobierno corporativo que prohíbe las historias antiguas de un planeta en nombre del progreso. La estrategia del gobierno es tan sutil que no necesita la evidencia brutal de la quema de libros en medio de la plaza. Simplemente, los vuelve innecesarios, los declara superstición de gente atrasada. La cultura sobrevive escondida, contada en voz baja entre generaciones.

«La creencia es la herida que el conocimiento sana»

Cuando Kast ganó, la Coordinadora 8M y el Movilh declararon alerta máxima: temen, con motivos, un retroceso en derechos conquistados durante una década de calle y organización. No hace falta prohibir un libro para silenciar una historia. Alcanza con volver a llamarla «ideología».

Con la manipulación mediática, las drogas de evasión, el cultivo de la indiferencia, estamos practicando un entrenamiento cotidiano para dejar de sentir el dolor ajeno como propio. Para sentir que la historia de nuestros antepasados es algo parecido a una ficción o un cuento.

EL NIÑO EN EL SÓTANO

En Los que se marchan de Omelas, Le Guin imagina una ciudad perfecta, feliz, luminosa. Su felicidad depende de un solo hecho: en un sótano hay un niño encerrado, sufriendo, y todos lo saben. Nadie lo libera, porque liberarlo destruiría la felicidad de todos los demás.

«Sabían que sus voces rompían un silencio de mil millones de años, el silencio del viento y las hojas y el viento, soplando y cesando y soplando de nuevo».

Asistimos a una transformación de la violencia en motor económico, en espectáculo, en mercancía necesaria para que el resto viva «en paz». Naomi Klein lo llamaría doctrina del shock: usar el miedo —a la delincuencia, a la migración, al desorden— para instalar, sin resistencia, un programa que en tiempos de calma nadie hubiera aceptado.

En la de los ’70 y ’80 se hicieron cambios en nombre de la lucha contra el comunismo.Hoy el monstruo es más abstracto y transversal y puede estar justo tras tu puerta. Es diferente a ti y quiere lo que tú tienes. Entonces, pueden instalar nuevas formas represivas que afectan hasta tu libertad, pero que aceptas porque crees que impedirá que ese fantasma diferente y maligno llegue a ti.

El niño en el sótano de Omelas hoy tiene nombres: migrante irregular, presa sin condena, cuerpo precarizado. La pregunta de Le Guin sigue intacta:

¿cuánta gente puede caminar tranquila sabiendo lo que sostiene su tranquilidad?

HACER PARIENTES FUERA DEL ALGORITMO

Le Guin no se quedó en la denuncia. Toda su obra insiste en que imaginar otro mundo no es ingenuidad. En su novela sobre el pueblo Kesh: El eterno regreso a casa —una comunidad que ya vivió el colapso y aprendió a repartir lo que queda— construyó, casi como una antropóloga de un futuro que todavía no existe, el mapa de una vida sin capital ni patriarcado.

«En un Estado, incluso en una democracia donde el poder es jerárquico, ¿cómo puedes evitar que el almacenamiento de información se convierta en otra fuente de poder para los poderosos… en otro pistón de la gran máquina?».

Le Guin es una voz necesaria, que interpela la realidad y al sistema a través de la ficción, pero que también lo ha hecho de forma mucho más evidente en su discurso en los National Book Awards en 2014:

«Vivimos en el capitalismo. Su poder parece ineludible. Pero también lo parecía el derecho divino de los reyes. Todo poder humano puede ser resistido y cambiado por los seres humanos. La resistencia y el cambio muchas veces empiezan por el arte»

Los desposeídos no termina con una revolución ganada. Termina con la certeza incómoda de que hay que rehacerla todos los días, porque ningún muro —ni de piedra ni de ley— se cae solo.

Hay un intento de muro en la frontera norte. Hay un muro en cada discurso que vuelve a llamar «ideología» a un derecho conquistado. Hay un muro en cada algoritmo que nos vende el miedo como argumento para invocar el orden.

Pero también hay, todavía, quienes nos preguntamos qué hay del otro lado. Esa pregunta es más que ciencia ficción. Esa pregunta es Impure.

Si quieres saber más de Ursula K. Le Guin te dejamos el documental liberado:

Andrea Peña — Impure

Post Relacionados

Síguenos

602Fans
 Followers
This error message is only visible to WordPress admins
There has been a problem with your Instagram Feed.

Últimas Publicaciones