“Nunca Nos Rendiremos”. “El sobrevivir no tiene justicia”, la frase – hito dentro de “Dunkirk” – se enlaza plenamente con lo que manifestó Paul Fussell en “La Gran Guerra y Memoria Moderna” (1975, edición español Turner 2016): la guerra a escala industrial del siglo XX, es tanto melodrama como ironía en que el individuo está atrapado por sobre sus capacidades individuales en un acto colectivo decidido por grupos de poder sobre el que no hay control. Y en este sentido Christopher Nolan ha sabido mostrarnos una mirada coral honesta que se agradece, la que se acerca más a “El día más largo” (1962) en su precisión histórica desde los diversos bandos enfrentados o “La delgada Línea Roja” (1998), por su multiplicidad de voces, aunque sin la profundidad existencial. Por esto también se distancia de los resabios de patriotismo añejo plagado de falsedades de cintas como “U 571” (2000) o “Fury” (2014), o de moralidad pontificante sepultada por sangre y vísceras de “Hasta el último hombre” (2016), ubicándose entre aquel puñado de obras que trascenderán a su momento, como las mencionadas “El día más largo”, “La delgada línea roja” o “Cartas desde Iwo Jima” (2006), “La Cruz de Hierro” (1977) e incluso fragmentos de “Rescatando al Soldado Ryan” (1998).

Nolan ya nos hizo cavilar lo suficiente en “Interestelar” sobre las complejidades del entender el tiempo y espacio, como para enfocarse ahora en los hechos de 1940, en los que al borde de la aniquilación total, los ejércitos aliados fueron sitiados alrededor de Dunkirk, en un gesto de clemencia que ha sido silenciado por la historiografía oficial. Así los soldados ingleses, franceses, belgas, holandeses y polacos, se vieron envueltos en la mayor operación de evacuación de la que se tenga memoria, “Dynamo”, para la cual se debió acudir a todo tipo de embarcaciones mayores militares y menores civiles, para llevar a la Isla cerca de 350 mil hombres.

De la película se destacan varios aspectos formales, como su construcción de thriller bélico, en que la angustia y miedo frente a la posible aniquilación, se desarrolla como aquel asesino o monstruo al que nunca se ve, pero que actúa implacablemente a través del suspenso vertiginoso en todo momento, hasta la resolución del conflicto, lo que confiere “novedad” frente a lo ya conocido a posteriori. La primera media hora en que tres líneas temporales se enlazan, es una obra maestra de edición entre imagen – acción y sonido – música; desde el inicio en esa especie de laberinto de calles que conduce a la playa a través del fuego enemigo, hasta el hundimiento del barco hospital en el muelle. Todo funciona como una maquinaria de relojería perfecta, entre tensión y distensión, la que luego pierde cierto vigor, hasta la medianía del film en que se reactiva la aceleración de la acción.

El alejamiento de las animaciones digitales, nos ubican en la manera clásica de hacer este cine, en donde el contingente de barcos y aviones (Spitfire, Stuka, Bf 109 o He 111), nos recuerdan que estamos frente a una epopeya real, de creencias y fuerzas enfrentadas hace sólo más de 75 años, los años de nuestros mis abuelos. Como antiguo estudioso de este período, nunca había tenido la visión completa de la real dimensión global y total de este conflicto, como la epifanía que me ofreció un libro escrito este año en Chile: “South American Joe” de Patricio Jara. Con esta concepción de lo ocurrido, ya no hace falta acudir a la ficción infantil de “Star Wars”, porque la realidad la supera, como lo fue entre 1939 al 45. Ese también parte del valor de “Dunkirk”. Por eso también jamás se debe olvidar esta épica de la libertad.

Dunkirk
Ver lo hecho por civiles gracias a aquellas pequeñas y valientes embarcaciones, emociona hasta las lágrimas al cumplir su deber de cruzar el Canal de la Mancha y devolver la esperanza a aquellos muchachos avergonzados, humillados, deshonrados de su derrota. Eso es lo siempre imaginé junto frente al viejo bote salvavidas “Capitán Christiansen” en el Muelle Barón, cerrando los ojos y viendo a través del velo del tiempo a esos chicos exhaustos ametrallados desde el cielo por los Stukas…

Los rescatados desconectados de la información, y finalmente en Inglaterra, nos ofrecen un cierre con una de las mejores soluciones frente al célebre discurso de Churchill, que no es este en persona, ni su replica radial, sino su lectura en un diario: “…defenderemos nuestra isla cueste lo que cueste… lucharemos en las playas… lucharemos en las pistas de aterrizaje… lucharemos en los campos y en las calles… lucharemos en las colinas… nunca nos rendiremos…” La última palabra aún no estaba escrita, pasando cuatro años más hasta que la se sellara paz en el viejo planeta azul, por lo menos por un momento.

René Cevasco Matthei

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