Beber, follar, escribir, escandalizar, ser brutalmente honesto, estremecer a los y las mojigatas; a la iglesia y a la sociedad literaria; a los cultos y a los que se horrorizan con lo marginal, eso es Bukowski… y su literatura, es la manifestación explícita de su propia vida a través de su alter ego: Henry Hank Chinaski.

BukowskiCharles Bukowski, bautizado como Heinrich, no Charles, nació en 1920 en la ciudad alemana de Andernach, donde sus padres se conocieron, aunque pronto se trasladaron a California, Estados Unidos como consecuencia de problemas económicos derivados de la guerra.

Su padre era un malhumorado y frustrado hombre que a causa de la depresión económica de Estados Unidos, perdió su trabajo y gastó sus días desquitándose con el pequeño Charles.

Su infancia, como quedó plasmado en sus libros, son recuerdos de ese hombre que lo azotaba, lo insultaba y lo llamaba constantemente “hijo de Satanás”. De su madre, recuerda que no lo defendía, que dejaba que ese hombre lo golpeara y que en el colegio otros niños se burlaran de él. Nunca se sintió importante. Se consideraba feo, vivía muerto de miedo, de humillación y de vergüenza, por sí mismo y por todo lo que le rodeaba; en un colegio de niños humildes casi todos le repudiaban. También destacaba por su inteligencia, y de alguna manera, consiguió forjarse una coraza en el alma con la que defenderse de los duros golpes que la vida le daba sin pausa.

Alcohol y Marginalidad

“Yo creo en el alcohol, pero hay que estar en buena forma para poder beber. Tomo buenos vinos, me gusta ser bueno con mi estómago, si soy bueno con él, él es bueno con mi mente, mi mente es buena con mi espíritu y mi máquina de escribir es buena conmigo”.

El alcohol, siempre el alcohol. Él decía que sus estados de lucidez los conseguía gracias al alcohol. Estuvo matriculado dos años en periodismo, hasta que descubrió el alcohol y con él la disipación del dolor y un refugio de la vida, esa vida que no quería: una carrera, una familia, una casa…no había nacido para eso:

“Nací para robar rosas de las avenidas de la muerte”.

Empezó a beber, a deambular por las calles, a entablar amistad con los vagabundos y a escribir sus primeros poemas y relatos. Tuvo cientos de trabajos mal pagados, pero nunca dejó de escribir. Trató de publicar en varias revistas pero en muchas fue rechazado. Trabajó en Correos, fruto de ello es su primera novela, “El Cartero”. Desde ese momento, nunca dejó de publicar, siempre fue un escritor metódico y prolífico.

De hecho, uno de sus actos máximos de valentía, fue cuando a los 50 años decidió dejar su trabajo de cartero por que el editor de la revista underground “Open City”, le ofreció 100 dólares al mes si sólo se dedicaba a escribir en total libertad para la publicación y Bukowski aceptó. Prefería morir de hambre que seguir sumando años a su carrera en un trabajo convencional, recorriendo barrios marginales, en donde los perros lo atacaban y los niños lo humillaban. De esas crónicas, tituladas “Escritos de un Viejo Indecente”, surge el compilado de esos relatos.

El último maldito de la literatura norteamericana prefirió morir de hambre que permanecer en la fila que conduce a la muerte de la creatividad. Se reconcilió con el niño que fue, y se convirtió en ese abanderado de la marginalidad, de los tugurios con olor a vino derramado, de amores borrachos; de mujeres con los sueños rotos y amistades que duran lo que dura una botella.

Del realismo sucio, mujeres y Hollywood

Entrar en el mundo de Henry Hank Chinaski, es aceptar un universo de sensaciones contradictorias, por un lado malolientes, como entrar a un bar olvidado en el tiempo en el que los parroquianos parecen pegados a las sillas con el único sueño de que el fondo del vaso nunca esté vacío, parece que fuésemos invitados a seguir las aventuras de un personaje irreverente, antiautoritario, corrosivo, soez, machista, autodestructivo, en ocasiones sumiso, en otras violento. Y sin embargo, no puedes evitar sentir cierta fascinación, entender un cierto tono irónico en todas sus historias, incluso te provoca ciertas risas, pero de pronto también te hace sentir que se está riendo de tí, de la sociedad falocéntrica, a través de su machismo descarado que revela lo que una época pensaba sobre la mujer pero que a ratos, se vuelve muy crudo y brutal.
Chinaski es corrosivo, un alcohólico impenitente, que vive y daña sin culpas. Su universo se reduce a conseguir unos pocos dólares para comprar whisky, jugar a las carreras de caballos y follar, demostrando así el gran logro del hombre que creció en los ‘40, un super macho autosuficiente, que necesita de manera constante tener una mujer con la que pasar el rato, a ser posible borracho.

Chinaski no existe sin alcohol, sin relaciones superficiales y pasajeras, con mujeres que conquista mientras está borracho. Chinaski no es un aporte. Te gusta o no te gusta. No hay nada encubierto en su discurso. Chinaski es como cualquier persona corriente, que sobrevive como puede, sin ideología, sin un objetivo que vaya más allá de la simple supervivencia y de los momentos de placer que obtiene con sus limitados objetos de deseo.

Su vida es una sucesión de dos grandes obsesiones: evadir la realidad y escribir. Para ambas necesita el alcohol, para despertar al día siguiente, sin más pretensiones, que vivir el momento y volver a olvidar.
Chinaski o Bukowski, vienen a enrostrarnos nuestro triste y servil comportamiento cotidiano, nuestra existencia cíclica y absurda. Parece estar al margen del sistema pero en realidad es la representación de una de las formas de vida que se pueden desarrollar dentro de él. Es un individuo sin futuro, lo sabe, y le da igual.

Bukowski es un marginal y fue aceptado y rechazado por la sociedad de su tiempo. Recibió el aplauso de algunos que se identificaban con él y el desprecio de aquellos a los que no les gustan los antihéroes, ni los fracasados, ni los borrachos que desprecian todo estilo de vida convencional.

Dicen que fue un maldito, quizá si miramos de la punta de nuestra nariz hacia dentro y tomamos conciencia del grado de alienación de nuestras vidas, la repulsión que nos producirá la visión, nos hará también sentirnos unos malditos; si es así, por qué no manifestarlo, sin escrúpulos, sin miedo, sobre todo sin miedo.

Sería interesante conocer el motivo que impulsó a Bukowski a escribir y a intentar publicar su obra. La necesidad, el fin último de su deseo profundo de trascender… de arriesgarlo todo a perdedor, de morir de hambre a cambio de un trabajo que le permitía escribir pero que no le garantizaba nada.

Bukowski probablemente no sea el modelo a seguir de nadie, pero sí hay mucho que aprender de ese viejo marginal y borracho y es nunca rendirse, no traicionarse, no venderse por dinero… seguir siendo auténtico, no dejar que nadie te diga lo que debes ser o hacer y si en tus búsquedas creativas, te encuentras de pronto de frente a tu espejo y te das cuenta que eres el reflejo putrefacto de la sociedad y es el rol que te ha sido concedido para brillar, abrazarlo con la valentía que tiene alguien que no teme a la muerte y que abraza la vida que le toca vivir.

¡Salud por los valientes y los que siguen escupiendo en las convenciones!

Bukowski en el programa de Televisión Francesa “Apostrophes” con Bernard Pivot, 1978.

Impure.

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