Cierto es que la mitad de un buen restaurante es la comida y la bebida, y ojalá que no me deje exprimidos los bolsillos, porque si es bueno, pero además asequible, cuenten conmigo para volver. Eso es lo obvio.
Pero hay excepciones en las que estoy dispuesta a volver más de lo que debería por capacidad económica (porque clase media trabajadora), y es cuando el espíritu del restaurante cobra vida en el saludo de entrada, en la alegría sincera de volver a verte, en el ofrecimiento de algo de beber de forma inmediata, sabiendo incluso, con el tiempo, las posibles preferencias.

Vuelvo con porfía cuando, además de comida sabrosa y bien presentada, hay afabilidad, hay preocupación por tu mesa y no solo una respuesta de malas pulgas al aleteo —en ocasiones desesperado— para lograr la atención del mesero o mesera.
Esos segundos de contacto visual o verbal con el personal de servicio, con el dueño o la dueña, son parte más que importante de por qué repito un lugar: por cómo me tratan.
Esto es igual que cualquier relación y se fundamenta en el buen trato, en la paciencia mutua, en los cariñitos en forma de picoteo o bajativos para mantener viva la llama del amor, en la sinceridad para decir cuando algo no ha andado bien en la cocina y en la capacidad de enmendar algún error.
Comer y beber fuera de mi casa es siempre una aventura; es una entrega de confianza de mi panza y de mi ser, ilusionado por devorar con pasión y, ojalá, con onomatopeyas.
Por favor, no me rompan el corazón.

Texto: @milpecas
Fotografías referenciales: de @mimi_cavalerie de los restaurantes
@carnaval.barraymercado
@rabborestaurant

