La cultura porteña también tiene su #MeToo: el relato de una sobreviviente

El testimonio de Deborah Zurita no solo expone una experiencia de hostigamiento, precarización y abuso de poder en el Festival Maniobra de Jazz. También vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: cuántas veces la escena cultural de Valparaíso ha protegido a hombres dañinos en nombre del prestigio, la trayectoria o el supuesto amor al arte.

Conocí a Deborah Zurita en plena pandemia, mientras hacíamos el diplomado de periodismo de investigación de CIPER. En medio de esos meses suspendidos, cuando el mundo parecía una película de ciencia ficción y al mismo tiempo, nos exigía nuevas formas de lucidez.

Encontré en ella a una mujer consciente, con una sensibilidad política afín y una convicción profunda de que la cultura no puede ser solo ornamento, sino que debe ser también memoria, pensamiento y un territorio a defender.

Por eso, cuando leí su relato sobre lo vivido en el Festival Maniobra de Jazz, no vi solo el testimonio de una colaboradora afectada por una mala experiencia laboral. Vi algo más profundo, más estructural, más reconocible para demasiadas mujeres que han transitado por espacios culturales:

el abuso de poder disfrazado de gestión, la precarización romantizada como compromiso, la manipulación emocional camuflada de cercanía, y la vieja costumbre de pedirle a las mujeres que sostengan, expliquen, contengan y sobrevivan al caos que otros producen.

 

Según el testimonio de Deborah, su participación en el festival partió en un rol acotado, pero terminó convirtiéndose en una cadena de tareas que excedían por completo lo acordado: difusión, contenidos, redes sociales, apoyo en producción, desarrollo de la página web, coordinación con terceros e incluso inversión de recursos propios para asegurar la visibilidad del proyecto.

A eso se sumó, según relata, una dinámica marcada por silencios, promesas incumplidas, falta de pago, respuestas hostiles y una invasión progresiva de sus límites personales.

Lo que Deborah describe no puede ser leído como una mera desprolijidad, ni como el típico desorden de un proyecto cultural gestionado a pulso y voluntades.

Lo que ella narra incluye, de acuerdo con su propio relato, intentos de cercanía física no consentida, presión emocional y exigencias improcedentes sobre su vida personal.

También denuncia visitas no solicitadas a su casa y a su espacio laboral, correos fuera de lugar y una cadena de situaciones que terminaron afectando su dignidad, su tranquilidad y su vida cotidiana.

Y aquí vale la pena detenerse:

Cuando una mujer dice que una relación laboral se volvió invasiva, hostil y desigual, lo mínimo que corresponde no es ridiculizarla, desacreditarla ni responder con agresividad. Lo mínimo es escuchar. Lo mínimo es entender que en el campo cultural también existen jerarquías, asimetrías, abusos y mecanismos de silenciamiento que por años han sido naturalizados.

Porque sí: la escena cultural porteña tiene un problema. Y no es nuevo.

Durante demasiado tiempo, una parte importante de esa escena ha estado dominada por una generación de hombres que se presentan como brillantes, sensibles, bohemios, políticamente despiertos o indispensables para la vida artística local, pero que en la práctica reproducen conductas profundamente patriarcales.

Hombres que operan desde la relativización de los vínculos, que administran proyectos a su antojo, que se endeudan con otros, que exigen disponibilidad emocional y laboral sin límites, que se victimizan cuando son interpelados y que muchas veces funcionan con una lógica de papitos corazón emocionales: irresponsables, manipuladores, encantadores cuando necesitan algo, violentos o evasivos cuando llega la hora de responder.

No estoy hablando aquí de una caricatura.

Estoy hablando de una estructura reconocible. De una forma de ejercer poder en la cultura que demasiadas mujeres conocemos bien: esa en la que el prestigio masculino parece pesar más que el bienestar de quienes trabajan. Esa en la que el talento se usa como excusa para el abuso. Esa en la que a menudo hay una razón para perdonar, comprender, esperar, tolerar o callar.

Valparaíso, con toda su potencia simbólica, su mitología bohemia y su capital cultural, no está fuera de este problema. A veces incluso lo agrava.

En escenas pequeñas, donde todos se conocen, denunciar puede costar redes, amistades, trabajos, colaboraciones y salud mental. Se instala entonces una pedagogía del miedo: mejor no hablar, mejor no incomodar, mejor no tocar ciertos nombres, mejor no quedar como conflictiva.

Y así, la rueda sigue girando, mientras las mujeres cargan con el daño y los hombres siguen circulando con la tranquilidad de quien sabe que el entorno probablemente le dará otra oportunidad.

Por eso lo que hoy está en juego no es solo la credibilidad de una mujer ni la reputación de un festival. Lo que está en juego es la posibilidad de empezar a decir en voz alta lo que durante años se ha susurrado en pasillos, camarines, reuniones, montajes, festivales, editoriales y oficinas: que la cultura también ha sido un territorio hostil para muchas trabajadoras. Que detrás de los discursos sobre comunidad, arte y pensamiento crítico, muchas veces persisten formas brutales de desigualdad, manipulación y abuso.

Ya es tiempo de un #MeToo de la cultura porteña.

No como eslogan, no como pose, no como funa colectiva para escandalizar a las redes. Sino como un proceso serio, incómodo y necesario.

Un proceso que permita escuchar a quienes han sido hostigadas, precarizadas o violentadas. Un proceso que obligue a revisar cómo se distribuye el poder en la escena.

Un proceso que entienda que no basta con programar mujeres, ofrecer un cupo en el escenario, citar feministas o hablar de transformación social si en la práctica se siguen reproduciendo lógicas miserables puertas adentro.

Desde Impure no escribimos esto por morbo ni por oportunismo. Lo escribimos porque conocemos a Deborah y su compromiso con la cultura. Porque leemos su testimonio con la seriedad que merece.

Porque sabemos, además, que muchas otras mujeres podrían reconocerse en este relato, aunque todavía no se atrevan a decirlo públicamente. Y porque proteger una escena a costa del silencio de las trabajadoras no es proteger la cultura: es pudrirla desde dentro.

A veces el problema no es que falten espacios culturales. A veces el problema es que esos espacios siguen estando organizados por lógicas viejas, patriarcales y profundamente impunes.

Quizás llegó la hora de terminar con eso.

Andrea Peña

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