En tiempos donde la oferta cultural suele medirse por su rentabilidad inmediata, que 540 estudiantes, docentes y personas de la comunidad llenen el Teatro Municipal de Valparaíso para ver cine no es un dato menor: es una declaración.
El estreno nacional de Olivia y el terremoto invisible no solo inauguró un nuevo ciclo escolar de Cine Ojo de Pescado, sino que volvió a confirmar algo que a veces se olvida con demasiada facilidad: el cine también puede ser una herramienta de formación, refugio y pensamiento para las niñeces.
La función marcó el inicio de la programación gratuita impulsada por Cine Ojo de Pescado, en el marco de los 15 años del festival, con una propuesta que insiste en algo profundamente político: acercar cine de autor, talleres y experiencias de creación audiovisual a niños, niñas y jóvenes de Valparaíso.

En una ciudad donde la cultura muchas veces sobrevive más por obstinación que por estructura, la persistencia de este proyecto importa hoy más que nunca.
La jornada reunió a estudiantes de establecimientos educacionales, docentes, autoridades locales y representantes de la productora chilena Pájaro, vinculada a la realización de la película.
Más allá de la ceremonia, lo relevante estuvo en el gesto: abrir un teatro, convocar a las escuelas y poner en el centro una obra que no subestima a la infancia, sino que la reconoce como un territorio capaz de leer la complejidad del mundo.
Dirigida por la realizadora catalana Irena Iborra, Olivia y el terremoto invisible trabaja desde la animación stop motion, una técnica que devuelve valor a lo artesanal y a la paciencia de lo hecho a mano. La película aborda temas como la desigualdad, el desarraigo y la migración desde la experiencia de una niña cuya vida cambia tras el desalojo de su hogar.
Lo que aparece no es una infancia idealizada, sino una tensionada por la precariedad, por las responsabilidades impuestas demasiado pronto, por la necesidad urgente de inventar mundos para seguir habitando este.
Olivia imagina su vida como si fuese un rodaje. Y en ese gesto hay algo más que fantasía: hay una forma de resistencia. Frente al derrumbe, la imaginación aparece no como evasión, sino como una manera de soportar lo real.
Ese cruce entre arte, fragilidad y potencia es también una de las razones por las que esta película dialoga tan bien con el espíritu de Ojo de Pescado.
Valparaíso, infancia y cine
La directora artística del festival, Alejandra Fritis, subrayó que este nuevo ciclo contempla una cartelera con cine para niños, niñas y jóvenes de distintas partes del mundo, con un espacio importante para el cine chileno, además de talleres de apreciación para establecimientos públicos y actividades de creación audiovisual. Más que una programación, lo que se propone es un ecosistema: uno donde las niñeces no solo miran, sino que también participan, crean y elaboran su vínculo con las imágenes.
En esa misma línea, la presencia de escuelas públicas y el trabajo articulado con la comunidad educativa refuerzan una idea fundamental: la educación no puede reducirse a la lógica del rendimiento ni al aprendizaje medible. También necesita arte, experiencia estética, conversación, preguntas. Necesita espacios donde mirar una película sea otra forma de aprender a estar en el mundo.

Hay algo especialmente significativo en que esta apertura ocurra en Valparaíso. No solo por la carga simbólica de su teatro, sino porque la ciudad sigue siendo un territorio donde las iniciativas culturales disputan sentido frente al abandono, la precarización y las lógicas extractivas que también afectan a la vida urbana.
Que un festival dedicado a las infancias sostenga, después de 15 años, una programación gratuita y con vocación formativa, habla de una resistencia concreta y cotidiana.
En paralelo, Ojo de Pescado mantiene abierta la convocatoria a su próxima edición, celebrando una trayectoria que ha sabido consolidarse como uno de los espacios más importantes de cine para la infancia y la juventud en Chile.
Mientras tanto, el ciclo continuará con funciones gratuitas todos los miércoles a las 10:00 horas en el Teatro Municipal de Valparaíso, además de actividades especiales durante las vacaciones de invierno.
Defender la cultura no pasa por grandes consignas, sino por algo mucho más simple: llenar una sala de niños y niñas para ver una película que les hable con honestidad, belleza e inteligencia.
Deborah Zurita

