15 minutos de terror: Infancias sufren procedimiento de PDI en Villa Francia

Durante el denominado “Súper Lunes”, un procedimiento de la Policía de Investigaciones (PDI) se realizó en el espacio comunitario Pablo Vergara Toledo mientras se desarrollaba un taller de capoeira para niños y niñas de entre 7 y 14 años.

El operativo, ocurrido el 2 de marzo, movilizó tiempo y recursos policiales en un espacio cultural dedicado al trabajo comunitario con la niñez.

infancias-PDI

El suelo como destino: la pedagogía del miedo

No fue un error de procedimiento; fue una puesta en escena del poder sobre los cuerpos más frágiles. Mientras el ritmo del berimbau intentaba articular una gramática de libertad para once niños y niñas en el Espacio Comunitario Pablo Vergara Toledo, el Estado ingresó con el lenguaje que mejor domina: el del metal, el rostro cubierto y el grito.

El pasado 2 de marzo, la PDI no solo buscaba «antecedentes»; buscaba disciplinar la autogestión. En un país que se jacta de proteger la infancia, la imagen de niños de siete años obligados a besar el cemento bajo la mirada de un fusil no es una anécdota policial:es el síntoma de una democracia que ha confundido la seguridad con el asedio a la comunidad organizada.

La coreografía del sometimiento

Eran las 20:00 horas cuando el tiempo comunitario se detuvo. Según el testimonio de Juan Carlos Araya González, instructor con 24 años de trayectoria, funcionarios de la PDI irrumpieron en el recinto apuntando con armas de fuego a niños, apoderados y docentes. La orden fue taxativa: al suelo.

Durante quince minutos, la niñez —habitualmente protegida por los muros de este centro cultural— permaneció cuerpo a tierra, bajo la vigilancia de rostros encapuchados que negaban a los padres incluso el derecho humano básico de consolar el llanto y el terror de sus hijos.

Mientras el registro avanzaba sin rastro de ilícitos, el aire del espacio se espesaba con una violencia que no necesita disparar para herir. La salida de los once niños fue autorizada solo después de que el trauma ya se había instalado en sus cuerpos.

El interrogatorio a lo común: ¿Por qué la gratuidad es sospechosa?

Tras el desalojo de los menores, la escena se tornó en un interrogatorio que revela la verdadera inquietud del aparato estatal. Las preguntas no apuntaban a un delito concreto, sino a la mecánica de la solidaridad: ¿Quién financia el taller? ¿Quién tiene las llaves? ¿Cuánto dinero se recibe por esto?

Para la lógica policial, un espacio que opera bajo la voluntad, la gratuidad y el amor al territorio es una anomalía que debe ser escrutada. El instructor explicó que el taller es un ejercicio de resistencia al lucro, pero el Estado, incapaz de procesar la existencia de la comunidad sin transacciones de por medio, insistió en la sospecha.

El procedimiento culminó con un intento de presión administrativa: solicitaron la firma de un documento que no se permitió leer. Una firma en blanco para una vulneración a plena vista.

Capoeira: El cuerpo como territorio de resistencia

El taller, que desde febrero de 2024 reúne a 14 niños y niñas, utiliza la capoeira —esa disciplina afrobrasileña que nace de la lucha por la liberación— para promover el respeto y el bienestar emocional. En un territorio donde las alternativas suelen estar mediadas por la violencia o la desidia, el Espacio Pablo Vergara Toledo ofrecía una grieta de luz.

Sin embargo, la “seguridad pública” ha decidido que el juego es un riesgo. Al invadir el lugar seguro de la infancia, la PDI no solo buscaba armas; buscaba desmantelar el tejido social. La seguridad que se ejerce mediante el trauma no es seguridad, es ocupación.

La legalidad del trauma: el papel higiénico de la Convención del Niño

Chile ha ratificado tratados internacionales que, en el papel, garantizan la protección frente a la violencia psicológica (Art. 19) y el derecho al juego en lugares seguros (Art. 31). No obstante, la realidad del 2 de marzo demuestra que, cuando el interés superior del niño choca con la bota policial, el tratado se vuelve invisible.

El operativo terminó sin hallazgos materiales, pero con una pérdida irreparable: la certeza del refugio. Al obligar a un niño a someterse en silencio con lágrimas sobre el suelo de su propio club, la PDI no solo rompió la rutina del taller, sino que intentó asfixiar la posibilidad de que la niñez habite su territorio sin miedo.

Ir a clases de capoeira ya no será un acto de inspiración, sino un recordatorio de que el Estado puede irrumpir en cualquier momento para quebrar la inocencia. En este rincón de la ciudad, el mensaje es claro: la ternura, si es colectiva y gratuita, será tratada como una amenaza.

 

 

Por:Deborah Zurita

Edición: Editorial Impure

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