«Swimming Underground: Mis años en la Fábrica Warhol» (Reservoir Books) es el relato de la actriz, pintora y escritora Mary Woronov, superviviente del período de la Fábrica de Andy Warhol a finales de los años sesenta.
Las memorias de Woronov, que dio sus primeros pasos en la Factory de Warhol y actuó en filmes como ‘La carrera de la muerte del año 2000’, se publican en español mientras se sale a la luz un documental en torno a su figura, titulado ‘Cult Queen’.
Es inevitable pensar si en el mundo contemporáneo que habitamos, podrían existir espacios como la fábrica warholiana; si hoy podría existir un ser como él, un narcicista con poder, un hombre que nos hizo amar su obra y predijo que la fama era algo efímero que todos lograríamos durante 15 minutos y acertó.
Lo cierto, es que, aún hoy, existen artistas a las que se les cuelga el haber trabajado con Warhol como sello de calidad. Lo cierto es que él tuvo algo de responsabilidad en descubrirlas y permitirles dedicarse a crear. Sin embargo, es inevitable pensar si en el mundo del sXXI siguen existiendo Warhols descubriendo mujeres para liderar su cruzada y su visión.
De «Cult Queen» a narradora mordaz de memorias oscuras
Para mucha gente, Mary Woronov era una actriz de las películas experimentales de Warhol, alguien que en 1966 bailó en el espectáculo Exploding Plastic Inevitable al ritmo de la música de The Velvet Underground.
En realidad, eso fue sólo el inicio de la trayectoria de una artista única. Casi tres décadas después de su publicación original, Swimming Underground, es publicada en castellano. Una obra que muestra la profundidad de una artista que siempre fue más que una chica Warhol.
Sobre el video
Mary Woronov entró en contacto por primera vez con el círculo de Warhol cuando era estudiante de arte en la Universidad de Cornell. En la universidad se hizo amiga del poeta David Murray y de su amigo Gerard Malanga, que rodaron un cortometraje con ella en Ithaca, Nueva York.
Cuando su clase fue enviada a una visita de estudio a la fábrica de Warhol, Malanga la invitó inmediatamente a participar en una película de Warhol:
«Andy está haciendo algo llamado Screen Tests…sólo tienes que mirar a la cámara durante quince minutos. Murray ya hizo una, estuvo genial. Quizá consiga que Andy haga una de nosotros juntos, podríamos prepararla ahora mismo’».
Woronov y Malanga
Surrealismo de la vida real
En su libro, Woronov nos invita a sumergirnos en un viaje surrealista en el que refleja su fascinación por los favoritos de Warhol: Lou Reed, Nico, Gerard Malanga, Ondine, por las drag queens de la Fábrica, las fiestas y los excesos.
Nos encandilamos a través de sus ojos, del entusiasmo inicial por pertenecer a esta contracultura de círculo snob hasta la absoluta pérdida del control debido a su adicción a las anfetaminas.
Sus memorias son pulsaciones frenéticas, como un retrato estereoscópico de la época, pero al mismo tiempo son un ejercicio de memoria, un atisbo del ritmo que tenían los días en una época que sólo podemos percibir a través de mitos, obras y películas.
Nacida para ser musa y creadora
Considerada por algunos como el equivalente literario de David Lynch, desde su primera aparición en el universo Warhol hasta su inmersión en la cultura de la droga y los excesos, Woronov escribe con fascinación sobre su incursión en un laberinto de fiestas, drag queens, y encuentros con figuras como Lou Reed, Nico y Gerard Malanga.
Woronov escribe con una honestidad brutal. No escatima detalles al describir su propia lucha con la adicción a las anfetaminas, ofreciendo un retrato crudo y sin filtros de una época marcada por la euforia y la autodestrucción. Es a través de esta sinceridad que el lector se sumerge de lleno en la psique tumultuosa de una mujer que vivió al límite, desafiando las convenciones sociales y artísticas de su tiempo.
La crítica literaria ha elogiado unánimemente el impacto de las memorias de Woronov. John Waters, en su característico estilo irreverente, declara que el libro «borra de un plumazo el resto de libros que hay sobre Warhol», destacando su monstruosidad y su capacidad para entretener. Del mismo modo, The Guardian elogia el ingenio crudo de Woronov, describiendo su obra como «obscenamente interesante» y «escabrosa».
Además de su incursión en el mundo de las memorias, Mary Woronov ha dejado una huella indeleble en el ámbito literario con obras como «Wake for the Angels» y «Blind Love», así como en el cine, colaborando con figuras como Roger Corman, el Papa del Cine Pop.
Woronov o la necesidad de volver a la cultura anti-mainstream
En un panorama cultural dominado por la superficialidad y la complacencia, las memorias de Mary Woronov sirven como un recordatorio vívido de una época tumultuosa y creativa. Su relato sincero y descarnado nos invita a reflexionar sobre la naturaleza del arte, la fama y la autenticidad en un mundo obsesionado con la imagen y el consumo.
En última instancia, «Swimming Underground» no solo es un testimonio personal de una época pasada, sino también una pieza crucial en el rompecabezas cultural que sigue fascinando a generaciones posteriores encandiladas por el mito de la cultura pop.
Woronov finalmente, nos revela la importancia de desafiar los límites y explorar los rincones más oscuros de la experiencia humana.
Swiming underground (extracto)
(…)
Hay algo más que puedo hacer desde mi silla. Puedo ver el futuro. Antes de volver a Cornell supe que aquello no era para mí y que alguien vendría y me sacaría de allí. Se llamaba Gerard Malanga, un poeta de Manhattan amigo de Murray, aunque muy distinto a él; el sexo no parecía interesarle. Gerard solo quería grabarme y grabarse conmigo, esa era su única pasión, y era devoradora.
La primera vez que lo vi me pareció guapísimo, vestido de cuero negro con una cámara Bolex en una mano y un látigo en la otra. Obviamente le encantaba atraer todas las miradas. La vida era un escenario las veinticuatro horas del día; aunque no hubiera nadie, se comportaba como si lo estuviesen observando: daba escalofríos.
Gerard insistió en filmarme en una película que luego tituló Mary en el puente de Triphammer. Mientras caminaba por el puente, me sentí como si estuviera yendo hacia el altar al encuentro de mi futuro esposo –no Gerard, sino la cámara–, y me gustó. Dejarme utilizar de esa forma era mucho más emocionante que aquellos viejos experimentos míos que ya no daban más de sí.
No volví a ver a Gerard hasta que en Cornell empezaron a mandar a mi clase de excursión a Manhattan para visitar estudios de artistas famosos como Rauschenberg y Oldenburg, aunque yo no pasé del de Warhol.
El estudio de Andy se conocía como la Fábrica y, en lugar de las prístinas paredes blancas y las luces resplandecientes de otros estudios, era oscuro y de aspecto sucio, como si fuese subterráneo. La única luz era la que reflejaban las paredes cubiertas con papel de aluminio, que daban a todo una apariencia irreal y vacilante. Desde la penumbra, Gerard vino hacia mí ignorando a los demás y luciendo su pelo rubio y su descaro insolente. Me alegré de verlo y me sentí especial mientras me acompañaba a un pequeño sillón plateado.
Mientras Chile atraviesa el peor temporal en años, hay una escena que se repite: las mismas comunas donde el agua escasea para las personas y sobra para las corporaciones son hoy las que colapsan bajo el agua que les sobra de golpe.
Tengo el privilegio de conocer a varios restoranteros y restoranteras, también a dueños de boliches nocturnos, de negocios de catering y de cafeterías. Para...