“En realidad, Frankenstein era el nombre del científico, no del monstruo”. Esa corrección pedante ya forma parte del museo de los clichés literarios. Pero aquí va lo realmente perturbador: ¿quién es el monstruo hoy? ¿El creador, la criatura… o el sistema que produce ambas cosas?
Jeanette Winterson, siempre irreverente, responde con Frankissstein (2019), una novela que desentierra a Shelley para injertarla en nuestro presente poshumano: un mundo gobernado por algoritmos, CEOs mesiánicos y corporaciones que trafican con el sueño más antiguo de la humanidad: vencer la muerte.

Si en el siglo XIX temíamos a la ciencia desbocada, hoy tememos (o deberíamos temer) al capitalismo que parasita esa ciencia, la convierte en mercancía y promete eternidad… a quienes puedan pagarla.
Winterson construye una narrativa híbrida donde conviven la Villa Diodati de Shelley y un presente saturado de biotecnología y especulación digital.
Aquí, los cuerpos son hardware, la identidad es un código y el deseo, un nicho de mercado. ¿Transhumanismo como emancipación o como neoliberalismo con esteroides? Donna Haraway lo advirtió en su “Manifiesto Cyborg”: las fronteras entre humano, animal y máquina se han disuelto, y esa hibridez puede ser liberadora… pero no lo será mientras la defina el capital.

Si el patriarcado ya colonizó la carne, ¿qué hará cuando colonice también el código?
En Frankissstein, el personaje de Ry —médicx trans— es la grieta en esa narrativa hegemónica: su cuerpo no es falla ni error, sino escape. Una fuga que interroga la utopía tecno-masculina: ¿puede la tecnología ser aliada de la disidencia o seguirá replicando la norma cis-hetero-patriarcal bajo la promesa de la “mejora”?
Paul B. Preciado nos recuerda que toda tecnología del cuerpo es política. No hay neutralidad en las prótesis ni en la inmortalidad: lo que hay es control, extracción y negocio.
La novela es un campo de batalla entre dos imaginarios:
El terreno de Shelley, que intuía el terror romántico a la creación fuera de control, y el de Winterson, que desnuda la lógica contemporánea: la muerte ya no es tragedia, es “fallo de diseño”.
Silicon Valley vende eternidad y libertad, pero lo que produce es dependencia, vigilancia y deuda. El monstruo no es la inteligencia artificial: el monstruo es el capitalismo biocognitivo que devora cuerpos, datos y deseos.
Frankissstein convierte un clásico en manifiesto
Un manifiesto queer, transhumanista y feminista que nos lanza la pregunta que Shelley pronunció en otro idioma: ¿qué significa ser humano cuando la vida misma se ha vuelto propiedad privada? Tal vez la respuesta esté en hacer del cyborg no un producto, sino una guerrilla. No un fetiche tecnocapitalista, sino una criatura bastarda que, como diría Haraway, rehúse el mito del origen y el mandato patriarcal.
Winterson nos susurra con ironía: el futuro ya llegó, y no hay nada inocente en él. Y en ese futuro, la única inmortalidad posible no será la del cuerpo ni la de la nube, sino la de la resistencia.

