Cuando gana la ultraderecha: el mundo necesita más punk

La ultraderecha gana en Chile y no es un fenómeno aislado. No es solo electoral, ni estrictamente local. Es el síntoma visible de una crisis global más profunda: una civilización exhausta que, ante la falta de proyectos colectivos, retrocede hacia la promesa falsa de los “valores tradicionales”. Orden, familia, patria. Palabras gastadas que reaparecen cuando la imaginación política se empobrece.

Gana la ultraderecha porque el mundo se ha vuelto más crudo. Porque el miedo se volvió rentable. Porque el capital entendió antes que nadie cómo administrar la angustia y convertirla en voto. Porque el algoritmo amplifica el ruido, premia la rabia, castiga la complejidad y ridiculiza la duda.

Pero conviene decirlo con claridad: no le ganaron a una izquierda radical ni a una revolución en marcha. Le ganaron —otra vez— a la discreción, al diálogo respetuoso, a la moderación mal entendida que confundió prudencia con silencio. Le ganaron a una cultura política que renunció a incomodar, que eligió quedar como dialogante en lugar de disputar el espacio común, los barrios, las plazas, la portada de un periódico popular.

Gana la ultraderecha cuando la defensa de la igualdad se vuelve tibia, cuando los derechos humanos se relativizan para no perder likes, cuando la cultura es tratada como adorno y no como campo de batalla.

Gana cuando el arte se vuelve neutro, cuando la educación deja de ser crítica y se convierte en entrenamiento para sobrevivir al mercado. Gana cuando el pensamiento se vuelve gestionable.

Ganó el capital, ganó el algoritmo, ganó el miedo. Ganó la promesa de seguridad a costa de derechos. Ganó la nostalgia de un pasado que nunca fue justo. Ganó la idea de que el problema son “los otros”: los migrantes, las mujeres, las disidencias, los pobres, los que incomodan.

No todo está perdido aún quedan ventanas por abrir

Mientras exista cultura no como industria, sino como combustible de inspiración y cambio, hay posibilidad de otro mundo.

Mientras existan libros incómodos, canciones que emocionan, obras que rompen la censura, comunidades que se organizan por fuera del mercado, la historia no está cerrada. La cultura no es un lujo en tiempos de crisis: es bandera y trinchera.

Defender la cultura hoy es un acto político. Es insistir en la complejidad cuando todo empuja al simplismo. Es sostener la empatía cuando el odio parece más eficiente. Es seguir creyendo que la igualdad no es una utopía ingenua, sino una tarea inacabada.

Al mundo —y a Chile— le falta punk

Falta desobediencia lúcida. Falta irreverencia con sentido. Falta volver a decir que no todo se negocia, que no todo se vende, que no todo se calla. Falta ruido verdadero, del que incomoda al poder y no del que distrae a las masas.

La ultraderecha gana elecciones. Pero no puede ganarle al deseo, ni la imaginación, ni la memoria, ni a la cultura, si seguimos aquí, insistiendo, recordando, creando.

Seguiremos creyendo —a pesar de todo— que es posible construir un mundo mejor. Porque rendirse nunca fue una opción. Porque la historia no avanza en línea recta. Y porque incluso en los momentos más oscuros, la cultura puede volver a ser el camino para volver a conectarnos.

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