La paradoja del agua: cuando la misma sed que sacia a los servidores ahoga a los barrios

Mientras Chile atraviesa el peor temporal en años, hay una escena que se repite con ironía: las mismas comunas donde el agua escasea para las personas y sobra para las corporaciones tecnológicas son hoy las que colapsan bajo el agua que les sobra de golpe.

Quilicura y Cerrillos, epicentro de la industria de centros de datos en Chile, aparecen entre las comunas con más puntos críticos de riesgo de todo el Gran Santiago. No es una coincidencia menor. Son las mismas calles, los mismos barrios, la misma agua —la que meses atrás se disputaba litro a litro entre comunidades y empresas como Google— las que hoy se desbordan por alcantarillados que no dan abasto, dejando calles anegadas, aguas servidas circulando donde no deberían y vecinos varados.

Dos crisis, una misma raíz

Durante años, la conversación pública sobre el agua en estas comunas giró en torno a la escasez: cuánto consumen los centros de datos para enfriar sus servidores, cuánto queda para las casas, los colegios, los hospitales. Ese debate no ha desaparecido —sigue vivo en tribunales, como el que frenó la aprobación ambiental de un proyecto de Google en Cerrillos por dudas sobre su impacto en un acuífero—. Pero el temporal de estos días expone la otra cara de la misma moneda: no es solo un problema de cuánta agua hay, sino de para quién y para qué se ha diseñado la infraestructura que la gestiona.

Proyectos habitacionales en Cerrillos han sufrido filtraciones por acumulación de aguas lluvias. En Quilicura, calles enteras debieron cerrarse por fallas en el alcantarillado que agravaron el anegamiento, mientras un cable energizado comenzaba a lanzar chispas en plena emergencia.

En la Villa México, en Cerrillos, el propio municipio reconoció en redes sociales que los colectores de aguas lluvia llevaban años sin limpiarse. No es solo la lluvia la que inunda esas calles: es la desidia acumulada, la que nadie prioriza hasta que el agua ya entró a las casas.

La emergencia no fue pareja para todos. Mientras un centro comercial en otra comuna reportaba un corte de luz de media hora como anécdota viral, en la Región Metropolitana se decretó evacuación preventiva para cerca de diez mil personas que viven en tomas y asentamientos informales —las viviendas más precarias, las primeras en quedar bajo el agua—.

El temporal ya se cobró vidas, con un conteo de víctimas fatales que ni siquiera coincide del todo entre las autoridades. La pregunta que queda flotando, tan literal como incómoda, es: ¿para quién se ha estado planificando el agua en estos territorios? Porque no ha sido, evidentemente, para quienes ya vivían ahí.

La urbanización que no vio venir lo que ya sabíamos

No es que nadie lo supiera. Estudios previos de riesgo hídrico ya habían identificado a Quilicura y Cerrillos entre las comunas de menor probabilidad de acumulación de agua por su topografía. Y aun así, sus sistemas colapsaron. Eso no habla de un evento imprevisible; habla de una infraestructura urbana que se construyó pensando en la demanda industrial —la de los servidores que nunca dejan de pedir agua para enfriarse— y no en la resiliencia de los barrios frente a un clima que ya no da tregua.

Se trata del mismo patrón que ya conocemos de sobra en otros territorios: la ciudad, sus recursos y su infraestructura, ordenados según la lógica de quienes tienen el poder de negociar directamente con el Estado, dejando a las comunidades —una vez más— a la suerte de una planificación que no las consideró ni cuando faltaba el agua ni ahora que sobra sin control.

El agua no distingue, pero el poder sí

Cuando el agua escasea, sabemos quién la necesita. Cuando el agua sobra y arrasa, sabemos quién la sufre. Lo que no cambia, en ningún escenario, es quién queda fuera de la decisión sobre cómo se gestiona. Ese es el hilo que conecta la sequía con la inundación, la sed de los servidores con el barro en las calles de Cerrillos: no es un problema de cantidad de agua, es un problema de a quién se le pregunta antes de decidir qué hacer con ella.

Mientras el agua siga bajando —o subiendo— sin que las comunidades que las habitan tengan asiento en las mesas de discusión o de planificación, cada temporal, cada sequía, seguirá golpeando siempre a los mismos barrios, con la misma certeza con la que hoy Quilicura y Cerrillos amanecieron, otra vez, desprotegidos.

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