La “fragilidad” de las mujeres: el corazón como una bomba a punto de estallar

Mientras casos como el de Luigi Mangione o Chamel Abdulkarim suelen interpretarse desde la ruptura violenta o el nihilismo político, en las mujeres la «bomba» suele ser silenciosa, cargada de una resistencia estructural que la sociedad romantiza bajo el nombre de «resiliencia». Mientras los hombres que colapsan se transforman en héroes, las mujeres somos señaladas como incapaces, frágiles o inadecuadas para resistir el peso de la vida. ¿No queríamos libertad? ¿No que podíamos con todo?

Las vemos en la parada del bus, acarreando hijos, mochilas, bolsos con almuerzos y peinados que intentan sostenerse más allá de la voluntad. Las vemos con trajes de cuidadoras, abriendo locales comerciales, vendiendo cafés y sanguchitos a la salida del metro o en la entrada de los colegios; las vemos en la micro, en las reuniones de apoderados, vendiendo ropa el fin de semana en alguna feria libre, las vemos atendiéndonos en el banco, dando clases a nuestros hijos, jugando con los niños en el parque, haciendo títeres, vendiendo maquillaje, subiéndonos el ánimo por TikTok o vendiendo cremas por catálogo. Todas ellas forman un entramado silencioso de corazones a punto de estallar y no por fragilidad, sino como artefactos de relojería en cuenta regresiva que están rindiendo más de la cuenta y que están a punto de desbordarse y explotar.

Mientras los hombres explotan hacia afuera, las mujeres practican la inmolación o el desangramiento silencioso y desarrollan una rabia a fuego lento, como un ejercicio de muerte agónica que incluso procura dejar todo funcionando para diluirse en la invisibilidad, mientras estalla en cámara lenta e intenta causar el menor daño posible.

Esta forma de ser, hacer y estar, todas la tenemos incorporada porque forma parte de nuestra educación. Estos modos, que incomodan tanto al leer La vegetariana de Han Kang, nos recuerdan esa integración del silencio. Esa rebeldía contenida. Ese sentimiento de incomprensión inexplicable en una sociedad que cree que ya nos ha dado suficiente y que, sin embargo, nos sigue fallando.

Las cifras no son más que la partitura de ese desangramiento. En Chile, según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo, las mujeres dedican en promedio tres horas más al día que los hombres al trabajo no remunerado y de cuidados. Tres horas diarias que no se pagan, que no cotizan, que no se agradecen; una subvención invisible y obligatoria que realizamos por inercia y que sostiene el Producto Interno Bruto mientras se drena nuestra salud mental. No es «amor», es el impuesto de género para que el país no se detenga.

A esto se suma la brecha salarial, un muro que sigue rondando el 20%. Trabajamos bajo la promesa de la equidad, pero el mercado laboral nos devuelve una certeza humillante: nuestro tiempo y nuestro intelecto valen una quinta parte menos que el de ellos. Y cuando intentamos romper el techo, nos encontramos con que el 75% de las tareas domésticas y de limpieza siguen esperando en el tendedero de la casa, intactas, invisibles para todos los demás, exigiendo una segunda jornada laboral a oscuras.

Por eso, cuando el cansancio se desborda y el cuerpo dice basta, las estadísticas de salud pública nos muestran otra realidad: el consumo de antidepresivos y las licencias médicas por salud mental en las mujeres duplican a las de los hombres.

El sistema nos diagnostica «depresión» o «ansiedad» para no tener que diagnosticar la explotación estructural. Nos medican para que la bomba siga contenida, para que el artefacto de relojería no altere el orden.

Para entender cómo se vive dentro de esta cuenta regresiva, conversé con mujeres que habitan distintas trincheras de esta resistencia silenciosa. Sus historias no son excepciones; son la radiografía de un colapso programado.

La administración de la precariedad (O el arte de no transmitir el miedo)

Una de ellas es gestora cultural, madre y sostenedora de su hogar. Una mujer que sabe que la «libertad» del emprendimiento y el trabajo independiente muchas veces es solo un nombre elegante para la falta de contratos y la soledad absoluta frente al mercado. Mantener a una hija en un mundo que parece diseñado para castigar a las madres que no tienen un horario de oficina transforma la maternidad en un ejercicio de ingeniería emocional y material.

«Como madre y como trabajadora, sostenedora de un hogar, se me ha hecho muy difícil no transmitir miedos o filtrar esa información», me confiesa. «¿Por qué la mamá no va al médico? ¿Por qué está tan ocupada? ¿Por qué antes podíamos ir a comer a algún lugar o teníamos plataformas para ver películas y ahora no? Desde mi parte, la estructura de su día, aunque pueda tener caos y flexibilidad, debe tener un orden muy claro: las comidas, las horas de estudio, la hora de dormir. Aunque cueste, debe tener su habitación, un espacio para dormir, estudiar y jugar. La estabilidad material no es un lujo: es una condición mínima para criar sin miedo. Porque si tengo cierta base material, transmito a mi familia que existe estabilidad y contención emocional. Creo que, por lo mismo, los discursos de extrema derecha calan tan fácilmente: hay tanta precariedad material y emocional que el miedo termina organizando la vida cotidiana».

En su relato, la gestión cultural —el área que supuestamente debería oxigenar a la sociedad— aparece despojada de su brillo creativo para mostrar su cara más cruda: la de quien «se camisetea» hasta el borde del barranco.

«La gestión cultural suele convertirse en la administración de la precariedad ajena y propia. Trabajas sin red de seguridad, muchas veces sin contratos estables, pero sosteniendo estructuras, comunidades y proyectos que otros consideran indispensables solo cuando necesitan mostrar resultados. Seguimos viviendo en una sociedad que todavía pregunta ‘¿para qué sirve la cultura?’, mientras exige a quienes la sostienen trabajar desde el sacrificio permanente. Y eso es agotador. Muchas veces el trabajo cultural se sostiene sobre una épica del sacrificio que termina romantizando la explotación».

La precariedad muerde tanto que obliga a desconfiar de proyectos que parecen serios, a exigir un correo de respaldo donde se expliciten los montos porque la confianza se convirtió en un lujo impagable. Y cuando el tiempo para llorar a los muertos no existe, cuando no hay un vehículo para escapar a la naturaleza y la rabia se tiene que asfixiar para seguir respondiendo, la tensión se desplaza al único lugar prohibido: los hijos.

«Recuerdo haberle gritado a mi hija y pensar: no puedo seguir así; ella se puede sobrepasar, no yo. Ahí debí invertir en una psicóloga para que nos acompañara a ella y a mí. Tener una tercera voz es importante».

Invertir en salud mental en medio de la crisis no es un accesorio; es un acto de supervivencia política. Es el freno de mano para que el grito de la cocina no se convierta en el legado de la siguiente generación de mujeres.

 

La huelga del cuerpo (O cuando el corazón decide parar)

Si en la gestión cultural la precariedad se administra con hojas de cálculo y correos de respaldo, en la educación pública el colapso se sostiene directamente con los órganos. El sistema nos ha entrenado tan bien en la falsa épica de la “vocación” y el “amor pedagógico” que terminamos creyendo que el sacrificio es una virtud, hasta que el cuerpo decide declararse en huelga general.

Tuve la oportunidad de conversar con una profesora de educación pública de un colegio de Valparaíso. Su día a día es un ejercicio de malabarismo extremo: gestionar las carencias materiales de la escuela, sostener las crisis de sus hijos adolescentes, liderar una familia ensamblada y lidiar con los hilos invisibles de las estructuras ajenas. Para ella, la cuenta regresiva del artefacto de relojería no fue una metáfora; fue un diagnóstico médico.

«Mi corazón decidió parar porque yo, porfiadamente, no paraba», me cuenta, con una lucidez que solo se adquiere al haber rozado el límite. «Antes del preinfarto, yo vivía bajo el simulacro de que tenía mi vida absolutamente controlada. Supuestamente me cuidaba, pero la verdad es que no era así: no tenía ni un solo momento para mí. No tenía espacios reales de introspección, de meditación, o simplemente la libertad de decirle a alguien: ‘¿Sabes qué? No. No quiero hacerlo, no voy a ir, estoy cansada’. El sistema te entrena en la culpa para que sientas que puedes con todo. Te dejas para el final. Te repites que tienes que aguantar por tus hijos, por la escuela, por tu familia, y dejas de escucharte. Terminamos entregando la salud en el aula a cambio de una palmadita en la espalda, creyendo que el sacrificio nos hace mejores, cuando en realidad solo nos está desgastando los órganos».

Ese aviso de parada definitiva la forzó a iniciar un viaje de autosanación profundo, atravesando una depresión y una crisis existencial que la llevó a encontrarse con la psilocibina como medicina y camino. Como una guerrera que decide seguir adelante tras una batalla, decidió ir hacia dentro para poder seguir con lo que el afuera exige. Se comprometió con una búsqueda interna para recuperar el derecho a respetarse y conocerse a sí misma primero. Sin embargo, el entorno material donde ejerce la docencia parece empeñado en recordarle a diario que el desprecio estatal es una constante en las políticas públicas.

«Desde el terremoto de 2010, mis alumnas y yo vamos de colegio en colegio, habitando ruinas o espacios prestados», explica. «El año pasado, sin ir más lejos, se nos llovía completo el cuarto piso y tuvimos una invasión de ratones. Nos fuimos a un paro de dos días en junio para exigir condiciones mínimas de dignidad y la respuesta del sistema fue brutal y humillante: nos descontaron el sueldo de manera salvaje y nos obligaron a recuperar las clases yendo a trabajar dos sábados. Todo el proceso fue y es súper humillante. Frente a esa violencia del abandono, la respuesta se llama resiliencia y unidad. Somos una comunidad con un sentido de lucha muy profundo; frente a las injusticias materiales, nos transformamos en un frente unido, desde el capitán hasta el paje. Es lo único que nos mantiene de pie».

La trampa de la resiliencia obligatoria, esa que ella y sus compañeras activan para que las niñas no queden a la intemperie, es el mismo motor que alimenta la angustia de salvación. Una herencia colonial y de género que nos exige ser las salvadoras de un buque que el Estado decidió hundir hace décadas.

«Tocar fondo y enfermarme me sirvió para darme cuenta de algo vital: la rueda de mi escuela iba a seguir girando exactamente igual conmigo o sin mí», reflexiona. «Entendí que no iba a pasar nada terrible si yo no podía salvar a todas las niñas. Yo cargaba con una angustia tremenda por protegerlas a todas, una mochila que venía arrastrando desde trancas muy profundas de mi propia infancia. Tuve que asumir que esas niñas tienen sus propias familias y sus propios caminos. Comprendí que mi aporte desde la docencia solo es real y honesto si parte de una base: que yo esté bien primero. Tocar fondo me dio la libertad de vivir la docencia de una manera mucho más genuina y transparente. Sigo levantando la bandera de la lucha con la misma fuerza, pero ahora peleo desde un cuerpo que decido cuidar, no desde un cuerpo que sacrifico para que otros vivan».

El horizonte propio

Estas voces, que son solo un matiz pero que representan cientos de historias transversales a lo largo del país, confirman que la «fragilidad» femenina es un mito y que la potencia de las mujeres y su resiliencia es la que sostiene la economía del mundo.

Nos llaman frágiles para que perdamos de vista que somos el motor. Nos dicen que somos inestables para que no notemos que, si dejamos de sostener la estructura por un solo segundo, el edificio entero se viene abajo.

Sin embargo, algo está cambiando. Frente a la explosión masculina que quema fábricas, las mujeres estamos empezando a practicar una forma de resistencia mucho más peligrosa para el orden establecido: la preservación propia y la redirección de nuestra energía.

 

A medida que cumplimos años, el mundo espera que una mujer empiece a hacerse invisible o a resignarse a su «fragilidad» médica y social. Empiezan a escasear los puestos de trabajo, la experiencia se vuelve sobrecalificación y nuestra personalidad menos dócil empieza a incomodar. A pesar de todo, algunas decidimos que el corazón no va a estallar para dar gusto al sistema. El corazón va a latir como lava burbujeante al centro de la tierra.

No rendirse, abrazar nuevos desafíos, abrazar a tu hija, mostrarte saludable frente a tus alumnas, creer que puedes acabar el día con una sonrisa, es demostrar que el mismo cuerpo que ha sido zona de desastre, territorio ocupado y pilar de dolores, es capaz de entrenarse para el goce y la felicidad. Aprender a decir no es un desafío y decidir elegirnos es una vuelta de tuerca que el sistema no ve venir.

Si el sistema nos quería como bombas silenciosas en cuenta regresiva permanente, se equivocó en el cálculo. No vamos a estallar hacia adentro para que todo siga funcionando igual. Vamos a correr hasta que el horizonte sea nuestro. Vamos a caminar hasta que las ciudades que nos vieron sostener la precariedad nos vean ahora ser autoras de nuestra propia historia.

Nos hicieron creer que tener derecho a voto, o trabajar las mismas 40 horas fuera de casa, eran independencia; sin embargo, sabemos que eso no es todo lo que hacemos y que la verdadera emancipación no es quemar la fábrica del otro: es construir un camino propio, kilómetro a kilómetro, hasta que el único ruido que escuchemos sea nuestra propia respiración marcando el ritmo de un mundo que, por primera vez, no tenemos que cargar sobre los hombros.

Nuestra libertad aún está en ciernes y quizás es una conquista cotidiana que vamos ganando día a día, segundo a segundo, con espacios en donde nos permitimos abrazarnos a nosotras mismas y sentirnos enteras.

 

@AndreaPeña

Post Relacionados

La paradoja del agua: cuando la misma sed que sacia a los servidores ahoga a los barrios

Mientras Chile atraviesa el peor temporal en años, hay una escena que se repite: las mismas comunas donde el agua escasea para las personas y sobra para las corporaciones son hoy las que colapsan bajo el agua que les sobra de golpe.

Síguenos

602Fans
 Followers
This error message is only visible to WordPress admins
There has been a problem with your Instagram Feed.

Últimas Publicaciones