El PUNK ha vuelto. No es nostalgia. Es el mundo pudriéndose, otra vez.

Hay canciones que una escucha en la adolescencia. Himnos que sonaban mientras odiábamos la autoridad, la adultez, la obediencia y la promesa miserable de convertirnos en ciudadanos de bien. Sin embargo, esas canciones nunca se van. La juventud no perdura y el enfado permanece.

Hay letras que siguen vigentes no porque sean un souvenir generacional o un enlace con nuestra propia juventud perdida, sino porque el presente no es lo que se suponía. Y tanto el mundo como nosotros necesitamos una patada, un grito o al menos la creencia de que podemos descargar nuestro enfado y remecer lo cotidiano.

Eso es lo que se siente frente a un cartel como el de Rock Out 2026, que reunirá en Santiago a Bad Religion, Evaristo, Eterna Inocencia, Non Servium, Tenemos Explosivos, Skaparapid y Mano de Obra.

El revival de las bandas punks nacionales o el cartel del Rock Out no son solo propuestas musicales, son una consecuencia, una reafirmación de que lo que vivimos en el día a día no está bien y necesitamos como droga o medicina ese shot de temas de minuto y medio en donde nos permitimos sentir en libertad la enajenación y por fin, develar entre sudores y aullidos lo que nuestro colon reprime.

Mis imprescindibles: Evaristo y Bad Religion.

No solo porque me gusten “de toda la vida”. No trato de coleccionar credenciales de autenticidad. Es real. Cada vez que vuelvo a sus letras, me re-encuentro con esa complicidad que conecta con mis resistencias a la explotación cotidiana, con mi frustración al sentirme inútil ante la maquinaria neoliberal que nos aplasta y, de algún modo, me recuerdan que quizás mantenernos lúcidos es una forma de resistencia.

Difundir la palabra, el malestar ante la injusticia, sostener un medio con voluntades, más allá de las exigencias que el consumo, el cansancio y la adultez funcional intentan anestesiar, son formas de sostener cierto grado de coherencia con nuestros espíritus que un día soñaron con cambiar el mundo.  Escuchar punk es un electroshock ante el orden del capital. Una forma de recordarnos que no debemos adaptarnos demasiado, que no debemos silenciar nuestros discursos y que nunca debemos confundir normalidad con verdad.

El punk, sigue siendo necesario porque vuelve a hacernos una pregunta esencial:

¿Qué significa vivir con dignidad en medio de un sistema que quiere convertirlo todo en mercancía? ¿Cómo volver a lo esencial en una época saturada de absurdos? ¿Cómo defender una vida menos triste cuando hasta la rebeldía se vende por likes?

punk

El resurgimiento del punk no es solo un revival sonoro.

La ética DIY vuelve a tener sentido.

Frente al consumo compulsivo, hazlo tú misma. Frente al fetiche de la compra inútil, repara, intercambia, reutiliza. Frente a la falacia de la marca personal, vuelve a la comunidad, a la cooperación. Frente a la producción infinita de ruido digital, recuperemos la urgencia de decir algo que realmente importe.

Desde este espacio, en el que intentamos cada día mirar el mundo desde otro punto de vista, la lógica de la reutilización y la autonomía se sienten radicalmente vigentes y urgentes como un llamado S.O.S. a nuestro lado más humano.

El punk no pertenece a una sola generación ni a un único sonido, sino a quien lo necesite para confrontar su época. El punk no ha muerto porque cada cierto tiempo el presente fabrica las condiciones exactas para que vuelva a ser necesario. Y el presente está lleno de razones.

Volver a ciertas letras no es un ejercicio vintage: es la reactivación de la sangre en nuestros corazones.

Evaristo sigue convocando, porque su escupitajo lúcido nos hermana en la miseria de un sistema que nunca nos va a comprender. Y Bad Religion no envejece porque entendieron hace mucho que la estupidez del poder cambia de ropa, pero no de estructura. Siguen en los carteles de conciertos porque las preguntas siguen ahí.

La obediencia, el dogma, las religiones, las guerras, la maquinaria de la normalización, la mentira institucional. Todo eso no desapareció. Solo se volvió más sofisticado y nos lo están vendiendo muy bien.

Lo interesante del punk, es que nunca prometió una respuesta ni una salida. Prometió intensidad, incomodidad, desacato, catarsis. Una manera de no entregarse por completo a la lógica de lo dado.

En tiempos como el que estamos viviendo, me parece un estadio de pureza, de oportunidad para ser honestos y dejar salir la impotencia que nos quema dentro.

Quizá necesitamos menos compra compulsiva. Menos objetos absurdos y más ideas urgentes. Menos identidad regida por las redes y más comunidad. Menos branding del descontento y más rabia con dirección hacia una re-construcción de lo que podríamos ser.

Si el punk vuelve, no es porque queramos volver a ser adolescentes. Es porque todo volvió a estar demasiado mal.

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