Malva es una novela. Pero es real. La escritora holandesa y también poeta Hagar Peeters desenmascara la verdadera cara del poeta en este emotivo relato.

Malva
Malva Marina y su madre. ©Fred Julsing

«Me llamo Malva Marina Trinidad del Carmen Reyes, para mis amigos de aquí Malvita; Malva para todos los demás. Puedo asegurar por supuesto que ese nombre no lo concebí yo. Lo hizo mi padre. Lo conoces, el gran poeta. Igual que titulaba sus poemas y poemarios, así me dio a mí un nombre. Pero nunca lo pronunció en público. Mi vida eterna empezó después de mi muerte en 1943 en Gouda. Mi entierro congregó a un puñado de gente. Muy diferente del funeral de mi padre, treinta años más tarde en Santiago de Chile».

Así comienza la narración de “Malva” (2015), primera y aclamada novela de la poeta neerlandesa Hagar Peeters.

Es una novela. Pero es real. La escritora holandesa y también poeta Hagar Peeters lo narra en su libro Malva.

La novela de Hagar es estremecedora porque es capaz de relatar con una profunda y contundente belleza, desde el una voz que representa el espíritu de la niña cuando muere sobre los ocho años y entiende qué fue lo que sucedió con su vida y comienza a rastrear ese amor que nunca tuvo.

Malva Marina nació en Madrid en 1934. Padecía hidrocefalia y mientras Lorca le ofrece sus “Versos en el nacimiento de Malva Marina”, su padre, el dador de nombres, escribe por carta:

«Mi hija, o lo que yo denomino así, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma».

Fue la única y legitima hija de Pablo Neruda, fruto de su matrimonio con María Hagenaar Vogelzang alias, Maruca.

Pablo Neruda junto a María Antonia Hagenaar, “Maruka”.

En 1936, al estallar la Guerra Civil española, el poeta se despide de María y de esa niña a quien no supo amar. No consta que volviera a verlas. Para entonces, ha comenzado a relacionarse con quien será su segunda esposa, Delia del Carril.

Malva y su madre llegan a La Haya. Con los cheques que Neruda les envía no consiguen sobrevivir. María empieza a trabajar y pone a Malva al cuidado de los Julsing, una familia de Gouda. Visita a su hija una vez al mes en tren. Su padre nunca la vuelve a ver.

Malva no llega a hablar ni a caminar, aunque emite ciertos sonidos. Neruda, ocupado en embarcar exiliados españoles rumbo a Chile, desoye las llamadas de auxilio de María, transformando su existencia en una gran contradicción: el poeta defensor de los derechos que salva a los perseguidos es incapaz de solidarizar con su propia hija discapacitada.

Su crueldad respecto a ella fue terrible. La única hija a quien no le dedicó ni un verso. Malva murió a los 8 años. Cuando la niña fallece, Neruda no responde al telegrama que le comunica su muerte.

Tumba de Malva Marina en el cementerio de Gouda, Holanda.

Neruda fue un hijo abandonado por su padre, muchos lo justifican apelando a que es natural que un niño abandonado, replique la historia…sin embargo, el abandono es un acto cruel y consciente, que en países como Chile se repite. No sólo es Neruda y el abandono de Malva Marina. En Chile hay millones de Malvas y nadie apunta a los culpables con descaro, más bien se les perdona y permanece ese “delito” en un limbo moral casi aceptado.

La escritora y Malva

En Holanda la figura de Pablo Neruda no alcanzó, por razones geográficas y de idioma, los niveles de reconocimiento que tuvo en la lengua castellana y así habla Hagar de cómo llego a la historia de Malva:

“Cuando estuve en Chile hace algunos años quise conocer algo de la vida del poeta. Visité sus lugares, sus tres casas, y en Temuco, cuando supieron que yo era holandesa, me contaron un detalle de su vida que parecía anecdótico: la existencia de una hija holandesa. Yo tenía curiosidad por su vida porque soy poeta y me interesó saber dónde creció cuando era niña. La persona que me guio me dijo que la tumba de su hija Malva había sido descubierta y me narró la historia. Yo no la conocía. Nadie la conocía, prácticamente”.

Hagar Peeters.

La historia sobre la niña abandonada de la que sintió vergüenza el poeta por tener una discapacidad le pareció tan interesante, que Hagar Peeters se dedicó a rastrear la vida y obra de Neruda para ver dónde la mencionaba. No la encontró. “Nunca lo hizo, nunca la nombró”, ha declarado la escritora.

Luego Hagar leyó la autobiografía célebre de Neruda, Confieso que he vivido, pero tampoco allí menciona a la pequeña Malva Marina. Ni en una línea. A la autora le pareció un acto de injusticia saltarse la existencia de una hija y obviar su existencia y su trágica muerte.

“Fue ahí cuando resolví darle crédito a ella. ¿Cómo era posible que alguien escribiera una biografía sin mencionar a su propia hija? Me obsesioné. Quise saberlo todo sobre esa hija suya. ¿Qué tenía ella para que un hombre considerado un héroe, un ser que defendía a su gente, un gran poeta, el defensor de los oprimidos, olvidara a su familia? Por qué dice que quiere escribir sobre los oprimidos y deja de lado a su hija?”.

Además, la historia la movía por razones poderosas: no era la primera vez que oía ese tipo de relatos. Sucedían con excesiva frecuencia: padres que abandonaban a sus hijos, que los olvidaban, que desaparecían de su vida como si les estorbaran. Tal como le sucedió a ella misma con su propio padre.

Portada del libro “Malva”, la primera novela de la poeta Hagar Peeters.

Volvemos a encontrar en esta historia la manifestación de una historia que da cuenta que los artistas son personas con historias, a veces más crueles que nuestras propias historias. Quizás es un llamado a superar nuestras limitaciones a confiar y creer que todos somos creadores de nuestra vida cotidiana y podemos transformarla en algo extraordinario.

Impure

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