Comer en pijama y otras formas de apagar la ciudad

 

Tengo el privilegio de conocer a varios restoranteros y restoranteras, también a dueños de boliches nocturnos, de negocios de catering y de cafeterías. Para casi ninguna de estas personas ha sido fácil impulsar, mantener y expandir su negocio. Tampoco ha sido fácil tener que bajar la persiana del local cuando, después de intentarlo todo, no funciona.

Y es que el escenario es complejo, sobre todo cuando los vaivenes económicos, muchas veces empujados por decisiones políticas, reducen las posibilidades de sostenerse y crecer.

Más allá del cambio que trajo la pandemia en los hábitos de consumo y alimentarios, donde el reparto a domicilio se instaló con fuerza, las pymes gastronómicas y los negocios nocturnos han debido enfrentar distintos cambios y nuevos golpes como el alza de los combustibles. Comer fuera o salir de noche empieza entonces a tacharse de la lista de gastos, y es normal que eso ocurra.

Pero ¿desaparece ese consumo o simplemente cambia de forma?, ¿Cuánto ha variado realmente la demanda del sushi, del completo, de la hamburguesa que llega a la casa?

Aquí es donde me quiero detener, porque tal vez la pregunta no es solo si es más caro comer fuera. Tal vez la pregunta es si realmente se está gastando menos o solo se gasta distinto.

El reparto instala una sensación de ahorro. No hay transporte, en ocasiones no hay propina, no hay que arreglarse ni programarse, ni hablar con nadie, puedo ver la serie en pijama, un win win. Pero esa percepción es engañosa…y también un poco aburrida, perdónenme.

Al precio de la hamburguesita se suman costos de envío, propinas sugeridas y, quizás valores más altos respecto del local físico (de haber uno). Entonces, lo que parecía una compra acotada termina pareciéndose mucho al gasto de salir. Y se va acumulando. (Ya, pero el ahorro en batería social, eso sí…).

Como varios comportamientos heredados de la pandemia, el consumo, en un escenario de estrechez, se traslada del espacio público al hogar, del restaurante a la aplicación, del encuentro social al consumo individual o íntimo. Y en ese tránsito también cambia la forma en que habitamos la ciudad.

Y luego viene la triste conversa ¿Te acuerdas que en esa esquina había un local bueno? ¡Qué lata que cerraron!, ¡Pucha, ya no hay dónde salir! Y así, las cortinas se bajan las ciudades se apagan, la noche y la cultura se encogen. Y quedan las grandes cadenas, la comida que sabe igual en todas partes, de calidad y valor nutricional cuestionables; y queda el estándar de lo seguro y la innovación gastronómica anulada. No hay experiencia.

Lo gastronómico y la vida nocturna no son solo comida y bebida. Son trabajo, son economía, son cultura. Son espacios sociales y de reflexión; de relajo y contemplación, de experimentar. Y qué maravilla que haya personas que se dedican a eso. Qué triste sería que se fueran.

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Texto: @milpecas
Fotografías Referenciales de @mimi_cavalerie

1. Antiguo Bar Mal Paso, hoy ubicado en Víctor Lamas 732.
2. Diagonal Plaza Perú.
3. Centro de Concepción.
4. Vista nocturna de Concepción.

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