No es solo Chile. No es solo una elección, ni un mal ciclo político. Es un clima. Un pulso global. Un ruido de fondo que ya no se puede ignorar.
Entramos a 2026 con una certeza incómoda: el fascismo dejó de ser una amenaza futura para convertirse en un vecino cotidiano. Se sienta en la mesa, ocupa titulares, gana elecciones, normaliza discursos. No llega con botas ni desfiles militares —al menos no todavía—, llega con trajes institucionales, con presencia en redes sociales, con promesas de orden y seguridad.
La locura convertida en programa político
En Estados Unidos, la figura de Donald Trump ya no es solo una anomalía histórica, sino un síntoma persistente. El odio se ha normalizado como discurso. La mentira se repite hasta volverse irrefutable. Trump no inventó una nueva forma de totalitarismo: simplemente quitó el pudor, corrió la cortina y nos puso en frente una escena que no queríamos mirar.
Dijo en voz alta lo que el sistema llevaba años susurrando.
En España, el avance de discursos ultranacionalistas, antifeministas y antiderechos demuestra que Europa tampoco aprendió del todo de sus propios fantasmas. El pasado no vuelve igual, vuelve maquillado, actualizado, con un lenguaje que habla de libertad mientras la recorta, que invoca la patria para disciplinar cuerpos y conciencias.
Estuvimos tan cerca de pensarnos de nuevo
En Chile, estábamos a un paso de tomar conciencia real sobre los recursos naturales, de comprender que el agua no es mercancía, que el territorio no es botín, que la vida no puede seguir subordinada al extractivismo sin consecuencias.
Estábamos cerca de abrazar la diversidad no como consigna, sino como práctica política y cultural. Estuvimos a punto de entender que la diferencia no es una amenaza, sino una potencia.
Y de pronto, el péndulo regresó.
Los discursos de poder volvieron a limitarnos, a señalar qué cuerpos importan, qué memorias sobran, qué vidas merecen ser protegidas.
Volvió la idea de que la desigualdad es natural, que la violencia es necesaria, que los derechos humanos son negociables. Volvió el miedo como herramienta del futuro gobierno.
El fascismo contemporáneo no necesita campos de concentración para operar —le basta con la precariedad, con el endeudamiento, con el cansancio social—. Ya no quema libros en el centro de la plaza: los ahoga en el ruido de la difusión de discursos que cuestionan las voces con pensamiento crítico.
El neo fascismo no censura directamente: desfinancia, ridiculiza, deslegitima. No prohíbe el arte: lo vuelve irrelevante. No defiende el diálogo, aboga por discursos absolutistas y la polarización para desarmar nuestra idea de comunidad y colaboración.
Cuando la cultura se repliega, el fascismo avanza

Este no es solo un problema político. Es una crisis cultural profunda. Cuando el pensamiento crítico se vuelve elitista o se calla por corrección, el fascismo se filtra. Cuando el miedo gana más espacio que la empatía, el fascismo se normaliza.
Convivir con el fascismo no significa aceptarlo. Significa reconocer que está ahí y decidir —cada día— cómo se le resiste. Desde dónde. Con qué lenguajes. Con qué alianzas. Con qué cuerpo.
El error fue creer que el fascismo no volvería
Tal vez subestimamos la fragilidad de los consensos, la facilidad con que los derechos se erosionan, lo rápido que el odio encuentra micrófono cuando la esperanza se vuelve abstracta.
2026 no será el año de la inocencia. Será el año de la vigilancia ética, de la incomodidad necesaria, de la cultura como bandera, punto de encuentro y motivo para defender la belleza en medio del caos.
Porque si algo está demostrando el actual panorama eleccionario global es que, sin imaginación política, el poder siempre vuelve a lo peor de sí mismo, y aunque intenten convencernos de lo contrario, convivir con el fascismo no es un destino inevitable: es un campo donde podemos cuestionar cómo dejamos que el mundo llegara a este punto y qué haremos para reencausarlo.
En impure queremos creer que aún estamos a tiempo de dar esta pelea; nos declaramos antifascistas y seguiremos criticando los discursos de odio que no permiten que las sociedades puedan crecer y prosperar. Creemos que aún hay ternura, conciencia e imaginación para que esta historia que se está escribiendo hoy no sea algo que nos cause vergüenza mañana.
@impure

