Una mujer llega a un mundo postapocalíptico y descubre que no tiene memoria. ¿Será que su amnesia proviene de la contaminación, o es parte de un sistema diseñado para crear seres más funcionales, capaces de sobrevivir sin el peso emocional del pasado? ¿o se trata de un protocolo de borrado, una falla en las máquinas que sostienen lo que queda de la humanidad? — en un escenario donde lo simbólico y lo artístico parecen haberse extinguido, dejando apenas las ruinas de un antiguo circo como vestigio de un mundo que alguna vez existió.
En este futuro incierto, la obra no propone una explicación de lo sucedido, sino un espacio abstracto, abierto a las múltiples lecturas del público, donde cada mirada puede imaginar cómo llegamos a vivir entre ruinas. Allí, recordar puede ser un privilegio… o un riesgo. Y ella deberá descubrir si recuperar su historia es, finalmente, un acto de libertad.
Este es el punto de partida de Más allá de las ruinas, obra que se sitúa en un silo abandonado donde naturaleza y tecnología dialogan en un montaje de circo contemporáneo e interdisciplinas que verá la luz este 2026.
La pieza está dirigida y protagonizada por Ingrid Flores, artista reconocida con el Premio Nacional de Artes Escénicas Presidente de la República 2023. Con 25 años de trayectoria dedicada a la creación escénica —actriz, docente y especialista en técnicas aéreas—, Flores incorpora aquí la suspensión capilar, una técnica acrobática en la que el cuerpo se eleva sostenido únicamente por el cabello, generando una imagen que oscila entre la resistencia, la vulnerabilidad y la ficción especulativa.

El proyecto se ha desarrollado durante casi tres años en seis residencias artísticas que han permitido construir fragmentos escénicos, imaginarios, personajes y atmósferas, dando forma a un universo donde el circo contemporáneo se entrelaza con la ciencia ficción.
Para conocer más sobre Más allá de las ruinas, conversé con Ingrid Flores en pleno proceso creativo, que tendrá un work in progress y estreno durante el 2026 en la ex Maestranza de Barón y función en el Parque Cultural de Valparaíso (ex Cárcel).
P: Háblame del momento en que comienza a gestarse la idea y la forma de esta obra, Más allá de las ruinas.
A veces una idea aparece y después uno olvida dónde comenzó. A medida que la idea evoluciona e ingresan más personas, más materialidades, más disciplinas y otros saberes, la idea empieza a ser de todos. Y ahí comienza una vorágine creativa. En esencia, Más allá de las ruinas nace de una pregunta existencial sobre el futuro del arte: ¿Qué pasaría con el arte y con los artistas dentro de cien años? Pensar el concepto de arte en esta línea cronológica que arrastramos.
En las residencias que hemos hecho como compañía —unas siete mil, siete mil ochocientas veintiocho,decimos riéndonos— hemos podido explorar desde el cuerpo, la memoria, nuestras ridiculeces y vulnerabilidades. Vivir y existir juntos. Ese cruce entre artistas de distintas disciplinas termina nutriendo la obra.

P: Estos fragmentos, estas ruinas que vamos a encontrar, ¿son locales? ¿Son fragmentos de Valparaíso? ¿Del mundo?
Tiene que ver con los espacios que hemos habitado. Personalmente y otros artistas y gestores le ha tocado abrir, crear, cohabitar en espacios en ruinas: la ex cárcel, la fábrica, la maestranza… y otros lugares en ruinas en Valparaíso. A veces se vuelve casi un hábito, trabajar en esos sitios.
Siento que parte desde ahí: desde que el mundo también está en una ruina cíclica, constante. De ahí viene el término “ruinas”. Y ahora que lo recuerdo, hablando de génesis: yo estudié circo en Cuba hace mucho tiempo, y la escuela de circo estaba en ruinas. Yo lo conocí, ISA, el Instituto Superior de Arte, y la ENA, la Escuela Nacional de Arte. Arquitectónicamente es una ciudad de las artes, donde todas las escuelas están unidas.
Es hermosa. Son puras cúpulas y pasadizos. A los arquitectos se les ocurrió poner la escuela de circo sobre un humedal. Entonces se fue hundiendo.
Búscala, porque es alucinante. Y desde ahí quedé un poco obsesionada con el tema de las ruinas; me toca esa palabra, y desde ahí empiezo a descubrir otras cosas. La escuela quedó abandonada, se construyó otra, y ahora la antigua tiene enredaderas.

P: Es que “ruina” es un concepto: algo que fue, que decae, pero también —como dices— es abrir espacios, retomar ideas y transformarlas en algo nuevo. La forma y su función se desdibuja.
Creo que tiene belleza. Cuando vas, no sé, a Machu Picchu: es una ruina. Tiene historia. Y constantemente la historia se va aplastando. Hemos hablado mucho del concepto “ruina” en la residencia y la resistencia, porque es rico pisar esos lugares donde sucedieron tantas cosas.
P: ¿Quiénes son estos tres seres enigmáticos que habitan el lugar y enfrentan la brutalidad del entorno en el que sobreviven?
En mi escena está don Claudio Bernier, un amigo músico, contrabajista y astrólogo. Él me ha acompañado mucho en la música para la suspensión capilar; creo que el contrabajo coincide con la técnica. Y como nos conocemos hace mil años, con Claudio todo fluye: él sabe para dónde vamos o, más bien, él me lleva a través de la música. Nos entendemos muy bien.
Hace un par de años se integró Joaco al equipo, encargado del trabajo audiovisual. Su aporte ha sido clave: mediante proyecciones visuales —VJ mapping con intervenciones en rotoscopia e iluminación— va “pintando” el cuerpo en escena y permitiendo que aparezcan nuevos paisajes y situaciones.
Esto también abre momentos necesarios para hacer pequeñas pausas dentro de la suspensión capilar, mientras el personaje —esta mujer que llega a un futuro sin memoria— se relaciona con los otros seres del lugar. A través de ese diálogo, y en un gesto que metaforiza lo que ocurre hoy en Chile, ella comienza poco a poco a recuperar su memoria.
Nosotros mezclamos muchas cosas: teatro, circo, composición musical, dramaturgia audiovisual. Son lenguajes parecidos pero no iguales, y ahí está lo rico. Podemos encontrar un punto en común, una nota compartida. En la residencia de Cabildo resumimos varias cosas donde ya todo tomó forma.
El silo
En 2026 se iniciará el montaje de la obra, que comenzará con la construcción de un silo: una infraestructura especialmente diseñada para albergar este universo escénico.
P: Quiero que me hables del silo, el circo abandonado, porque ahí hay una construcción importante.
El silo es una instalación, escenográfica, itinerante. Tiene cierta cercanía con el imaginario del de la carpa de circo. La suspensión capilar, como muchas técnicas aéreas, necesita espacio que a veces las estructuras tradicionales no ofrecen.
Entre pórticos y limitaciones, una siempre termina chocando con algo. El espacio es importante para lucir el aparato y la técnica, Entonces la primera idea fue crear un espacio realmente abierto, donde tomar bien el aire.
Después surgió esta mezcla entre una carpa y que no fuera una carpa de circo, y una nave espacial. El silo es, en esencia, un contenedor: una vasija, un círculo, algo que guarda y que gira, como el circo, el ruedo contener, lo que va girando. Una gran metáfora.
La instalación es grande, estará pintada por la muralista Gloria Fierro, quien aportará el “color de ruinas”. La idea es que el silo sea un ente viviente, que respire, que tenga identidad propia.
Además, tiene un portal vivo de micelios que irán creciendo a medida que el silo y la obra avancen. Quienes hacemos aéreo siempre fantaseamos con las estructuras; sentimos que nos hablan, que respiran, porque literalmente nos sostienen la vida. El silo, escenográficamente, será una ruina abandonada, o un circo abandonado. Podremos ocupar el espacio aéreo, el contrabajo sonará fuerte, el audiovisual se proyecta con nuevas búsquedas.
P: La obra propone esta figura suspendida, literalmente, de tu cabello: la fuerza capilar, en un mundo post-apocalíptico y amnésico. ¿Qué significa para ti ese cuerpo colgado entre la ruina y la memoria? ¿Hay también un acto de resistencia frente a la deshumanización tecnológica?
A mí me pasa que cuando practico la suspensión, te lleva a lugares muy especiales; Trabajo con la médula, con la columna vertebral, con todo el busto que te sostiene, no solo los cabellos. Finalmente es toda tu alma, toda tu existencia la que está ahí. Más que dolor, lo que hay que soltar es el miedo.
Tengo el cuerpo preparado después de tantos años en el trapecio. He pasado por muchos objetos tradicionales y no convencionales del circo, pero en esta etapa de mi vida es colgarme de mi misma, por así decir: colgarme del propio deseo hacia arriba. Y desde esa altura las cosas se ven distintas.
Cuando lo hago tiene un sentido, pero cuando lo veo en una foto, o cuando escuchó los comentarios, entiendo que provoca : se lee como resistencia, incluso como butoh. Solo estar colgada del pelo, sin hacer nada más, con el cuerpo hacia abajo, es estremecedor. He visto personas llorar. No porque les duela —a mí no me duele— sino porque toca algo profundo, muy primitivo. Es esa necesidad de despegar los pies del piso y querer volar.
El circo permite que ese gesto sagrado tenga duración, que sea visible. Y creo que estas cosas son más bien secretas; se transmiten de una persona a otra. En mi caso hubo un “pase mágico” cuando me lo enseñaron.
Es un viaje, muy espiritual también. Hay un lugar al que vas, y cuando vuelves no vuelves igual. A mí me encanta el aire, me encanta volar. Siento que esta técnica llegó en el momento justo para esta obra. Desde esa fuerza capilar, desde esa fuerza interior que todos tenemos para comunicar en qué estamos y cómo nos habitamos, esta técnica ayuda porque contiene mucho mensaje.
P: ¿Y la ciencia, la tecnología? ¿Qué rol cumplen en este mundo, en este futuro?
Ahí el Joaco, que es el más cibernético y tecnológico de todos, tiene un papel importante. Él hace esta magia de poner la tecnología al servicio del otro. En este universo, la tecnología no funciona como un mero soporte visual, sino como una extensión del propio mundo ficcional. lo tecnológico para ponerlo al servicio de la experiencia humana.
Bajo su mirada, las pantallas dejan de ser dispositivos estáticos y pasan a convertirse en paisajes vivos, superficies que respiran, reaccionan y dialogan con los cuerpos en escena.

A mí me encanta cuando trae colores al cuerpo; eso me inspira. O cuando la pantalla está llena de gotas de sangre, y ahí yo decido si entro en ese mundo o no. Es entretenido ese juego. Buscamos imágenes, inventamos. El juego de las improvisaciones ha sido fundamental.
Una interfaz inestable que revela, distorsiona o esconde fragmentos de este mundo post-apocalíptico. No ilustra; interroga. No adorna; desplaza. Y así se vuelve un elemento dramático que acompaña a la protagonista en su búsqueda, oscilando entre guía, amenaza, naturaleza y rastro de lo que alguna vez fue la humanidad.
Crédito fotográfico : Joaquín Cacciuttolo @albondigafilms

