La ternura es el nuevo punk

Hay algo obsceno en este tiempo. El aire que compartimos se siente un poco más denso y carga con la crueldad cotidiana que se ha ido normalizando. Hemos permitido que la humillación sea parte del entretenimiento y se considere contenido viralizable. La pobreza y las injusticias hoy son consideradas poco más que estadísticas.

Nos hemos acostumbrado a mirar sin ver. A escuchar sin afectarnos. A convivir con la ferocidad como si fuera la norma y nosotros, nos hemos transformado en seres inmunes al horror.

Hablar de ternura parece ingenuo. Pero no lo es.

Fue el psicoanalista argentino Fernando Ulloa quien afirmó que hablar de ternura en tiempos de barbarie es un gesto profundamente político.

La ternura —decía— es un límite a la ferocidad. Es reconocer al otro como semejante distinto de mí. Es renunciar a la pulsión de apoderamiento y cosificación.

En otras palabras: la ternura impide que nos volvamos bestias.

Ulloa hablaba de la “encerrona trágica”: esa relación tóxica en donde la víctima depende del verdugo para sobrevivir. Pero también puede ser el colegio. La oficina. El sistema.

La pedagoga Ana Campelo relata el caso de una practicante intimidada por el alumno violento de la clase. El líder del miedo. El que advertía que le podían robar. El que intentaba amedrentarla como hacía con todos.

Ella no lo enfrentó con castigo. Le agradeció y le pidió que la acompañara a la parada. El gesto lo descolocó. Lo miró como sujeto, no como amenaza.

No se cambia por disciplina, se cambia por ‘miramiento’.

Ulloa llamaba “miramiento” a mirar con amoroso interés a quien reconocemos como sujeto distinto de nosotros. Lo contrario del desinterés. Lo contrario de la indiferencia. A veces ese gesto transforma. Humaniza. Activa núcleos amorosos adormecidos por el resentimiento.

Hoy vivimos una política de la crueldad. Se naturalizan los despidos, la pobreza, los desalojos, la represión, la burla pública. Lo más grave no es solo el daño, sino la pérdida de escándalo. Ya no nos sorprende. Y perder la capacidad de escandalizarnos —decía Ulloa— es perder salud mental.

La ternura, entonces, no es un sentimiento privado. Es una ética. Una práctica social. Una contra-pedagogía de la crueldad.

Autoras latinoamericanas como Gioconda Belli han dicho que “la solidaridad es la ternura de los pueblos”. La Colectiva Ternura Radical propone la ternura como postura política feminista para sanar y reconstruir lazos frente a sistemas de muerte.

Incluso desde el psicoanálisis, se piensa la ternura como el lenguaje opuesto al de la pasión destructiva: una sensibilidad que reconoce la vulnerabilidad sin convertirla en dominación.

En un momento en que los discursos de odio tienen más cabida y se normalizan los insultos y la humillación, elegir el vínculo, el respeto y la identificación con el otro es subversivo.

El cuidado es rebeldía

Escandalizarnos ante la injusticia es coherencia, es practicar la empatía como instinto y volver a re-conocernos.

La ternura no es una postal romántica, ni una moda infantil. Es un límite político y la posibilidad de establecer una trinchera en un presente que promueve el individualismo. Es la decisión de no abandonar la humanidad que somos cuando todo invita a perderla.

La verdadera revolución es no abandonar la ternura.

 

Andrea Peña
Escritora y directora editorial de Impure Magazine.
Trabaja en la intersección entre cultura, política y afectos desde el sur.

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