En tiempos en los que la ultraderecha está consolidando su poder en diversas partes del mundo, impulsada por un capitalismo que no sólo amenaza con despojar a las mujeres de sus derechos, sino también con deshumanizar a las sociedades, surge una pregunta fundamental: ¿Es posible construir un mundo más humano?
Desde una perspectiva anticapitalista y basada en las enseñanzas de pensadores como Humberto Maturana, Silvia Federici y Susan Freiser, la respuesta no solo es afirmativa, sino que nos invita a replantear la manera en la que entendemos la cultura, el arte y la solidaridad en un contexto donde el neoliberalismo ha dejado de ser una opción y se ha convertido en un régimen totalizante.
El capitalismo y la deshumanización: la raíz de la ultraderecha
La ultraderecha no es un fenómeno aislado ni fortuito; es una manifestación del capitalismo neoliberal en su forma más descarnada. Silvia Federici, en su obra El patriarcado del salario, denuncia cómo el capitalismo ha construido sus bases sobre la opresión de las mujeres, utilizando el trabajo no remunerado en el hogar, la explotación de los cuerpos de las mujeres y la apropiación de la naturaleza como recursos.
La ultraderecha, con su retórica de “restauración del orden”, simplemente sigue las huellas de un sistema patriarcal que lleva siglos despojando a las mujeres de sus derechos, y ahora lo hace con un velo de exclusión que también afecta a las poblaciones migrantes y a los colectivos que luchan por la justicia social.
Este enfoque nos lleva a reflexionar sobre el poder del capitalismo, que no sólo estructura las economías, sino que también moldea las relaciones humanas, muchas veces en detrimento de la solidaridad y la empatía.
El capitalismo, a través de sus estructuras de poder, fomenta la individualización, la competencia y el consumo, separándonos de nuestras raíces colectivas, de la conexión con los otros y con la tierra. Como señala Humberto Maturana, el ser humano es un ser que necesariamente se define en relaciones, y en la lógica capitalista esas relaciones se convierten en transacciones que nos reducen a simples productores y consumidores, despojándonos de nuestra capacidad de sentir y pensar como colectivo.
El arte como acto de resistencia y humanización
En este contexto, el arte no es sólo una forma de expresión, sino una herramienta de resistencia profundamente anticapitalista. El arte tiene la capacidad de trascender la lógica del consumo, mostrando otras formas de estar en el mundo, de relacionarnos y de vivir en comunidad.

Como nos enseñó Maturana, las relaciones humanas no se deben reducir a intercambios materiales, sino que son el espacio donde se forjan las emociones, los pensamientos y los vínculos que dan sentido a nuestras vidas.
El arte, entonces, se convierte en una respuesta a la ultraderecha no solo porque permite visibilizar las injusticias que este sistema perpetúa, sino porque propone alternativas a las formas de vida que nos imponen.
A través de la creación artística, las comunidades pueden construir narrativas colectivas que subviertan el individualismo del capitalismo y la exclusión de la ultraderecha.
El arte puede reconfigurar nuestras relaciones sociales, ayudándonos a recordar que somos parte de un todo, que nuestras luchas son interdependientes y que la liberación de las mujeres, los pueblos y las minorías es inseparable de la liberación de la humanidad en su conjunto.

El arte como cultura colectiva y anticapitalista
En una sociedad capitalista, la cultura ha sido mercantilizada, y la creatividad, en lugar de ser una herramienta liberadora, se ha transformado en una mercancía más, un producto de lujo para los pocos que tienen acceso a ella.
La cultura, tal como la entendemos desde un enfoque anticapitalista, debe ser desmercantilizada. Debe volver a ser un espacio donde las comunidades se encuentren, se escuchen y se transformen juntas, no un lugar donde el consumo sea el centro.
A lo largo de la historia, el arte ha jugado un papel central en las luchas sociales. No sólo como reflejo de las realidades que nos atraviesan, sino también como un espacio de encuentro donde las visiones alternativas de lo que puede ser una sociedad justa y humana se tejen.
La cultura anticapitalista, entonces, no busca producir arte para la acumulación de poder o para la validación personal, sino que busca construir colectivamente un futuro diferente. Este tipo de arte no está condicionado por la lógica del mercado ni por la validación institucional, sino que nace desde las entrañas de las comunidades, desde sus luchas y sus sueños.
La solidaridad como práctica: hacia un mundo más humano
El capitalismo y la ultraderecha también han logrado transformar la solidaridad en una excepción, un acto esporádico que se presenta en situaciones de crisis, pero que no forma parte del día a día de las relaciones sociales.
Sin embargo, tanto Maturana como Federici subrayan la importancia de la solidaridad como una práctica constante, que debe permear todos los aspectos de nuestra vida.
En lugar de construir un mundo donde cada quien luche por sí mismo, el camino hacia un mundo más humano pasa por recuperar la solidaridad como la base de nuestras relaciones. Esto es especialmente urgente para las mujeres, que históricamente han sido las más afectadas por la explotación capitalista y patriarcal.
La solidaridad no solo debe ser entendida como un valor abstracto, sino como una práctica política que se construye en la cotidianidad, en las pequeñas acciones que favorecen la cooperación, el apoyo mutuo y el cuidado colectivo.
El arte y la cultura, desde este punto de vista, se convierten en prácticas de solidaridad que permiten visibilizar las luchas sociales, dar voz a las invisibilizadas y conectar a las comunidades en una lucha común.
Un mundo más humano, anticapitalista y solidario
Si el capitalismo, en su forma más cruel, nos ha empujado hacia un mundo fragmentado, competitivo y deshumanizado, el arte y la cultura pueden ser los vehículos para recuperar la humanidad perdida.
Un mundo más humano es aquel donde las relaciones no están regidas por el mercado ni por la violencia del patriarcado, sino por la solidaridad, la empatía y el respeto por los derechos y la dignidad de todas las personas.
El arte y la cultura, en sus formas más genuinas, son las respuestas que necesitamos para enfrentar la ultraderecha y el capitalismo que buscan despojarnos de nuestra humanidad.
Es posible, entonces, construir un mundo más humano, uno que trascienda el ego, el consumo y la exclusión. Ese mundo no lo construimos desde la resignación, sino desde el poder transformador del arte, de la cultura y de la solidaridad.
Y es en esta resistencia colectiva, en esta capacidad de imaginar y crear nuevas formas de vida, donde radica nuestra fuerza para luchar contra la ultraderecha y construir una sociedad verdaderamente justa y humana.

